domingo, 11 de septiembre de 2011

Volumen I Capítulo VI (Mayo - Agosto 1827) Páginas 84 a 105

Árboles – Dejamos puerto del Hambre – Patagones – Bahía Gregorio – Bysante – María – Informe de Falkner sobre los nativos – Se vieron indios en las riberas del seno Otway, en 1829 – María visita el “Adventure” - Ceremonia religiosa – Campamento patagón – Tumba de un niño – Trabajo de las mujeres – Niños – Agradecimiento de un nativo – Tamaño de los patagones – Informes antiguos de su estatura gigante – Carácter – Artículos para cambiar – Fueguinos que viven con los patagones – Zarpan las naves – Llegada a Montevideo y Río de Janeiro.

Mientras estuvimos detenidos por el viento norte, el carpintero y un grupo de gente fueron empleados en los bosques seleccionando y cortando árboles para dejarlos listos para nuestra próxima visita. Después de talar trece árboles, de veinticuatro a treinta y seis pulgadas de diámetro, ocho fueron encontrados que tenían su corazón podrido; pero después de tomar la preucación de perforar los árboles para pronosticar su estado, mientras estaban de pie, nos ahorramos muchos problemas, y quince palos de gran diámetro fueron cortados. Encontramos un árbol, un haya siempreverde, demasiado grande para cualquiera de nuestras sierras; medía veintiun piés de circunferencia en la base, y una altura de seis pies veinte, tenía diecisiete pies de circunferencia; sobre esa altura, tres grandes ramas (cada una entre treinta y cuarenta pulgadas de diámetro) salían desde el tronco. Es, quizás, el mismo árbol descrito por Byron en su informe de este lugar. Sólo una vez vi uno que lo igualara en tamaño, y era un tronco caído, y muy podrido.

En este intervalo de buen tiempo y viento del norte, tuvimos el termómetro tan alto como 58°, y el barómetro en el rango entre 29,80 y 30.00; pero dos días antes que el viento rolara, el cambio fue pronosticado por el gradual descenso de la columna de mercurio, y un aumento considerable del frío. El 7 de mayo, como había alguna apariencia de cambio, zarpamos, pero estábamos apenas fuera del puerto, cuando el viento norte volvió a soplar, y no nos permitió ir más lejos de bahía Agua Fresca, donde pasamos la noche. Por fin, el 8, acompañados por el “Beagle”, continuamos nuestro viaje con una fuerte brisa del suroeste, que nos llevó rápidamente hasta cabo Negro, cuando sopló muy fuerte fondeé en bahía Laredo. En este fondeadero sin duda sentimos el aire mucho más frío y cortante que en puerto del Hambre, debido a que estábamos en una situación más expuesta, y la proximidad del invierno, así como el fuerte temporal del suroeste que estaba soplando.

Después que el temporal amainó, continuamos con viento a favor y una ligera brisa hasta la Segunda Angostura, donde el viento calmó; pero como la corriente estaba en nuestro favor, la pasamos rápidamente. En una colina cercana a nosotros observamos a tres o cuatro indios patagones parados juntos, y sus caballos pastando cerca de ellos. Una fogata pronto se encendió, para atraer nuestra atención, a cuya señal respondimos mostrando nuestra bandera; si no hubiese sido porque luego nos comunicamos con esta gente, sin duda habríamos pensado que eran gigantes, porque ellos “aparecían muy grandes” así parados en la cima de la colina. Este engaño óptico, sin duda, debe haber sido causado por espejismo. Siempre se ha observado que la bruma es muy abundante durante el tiempo bueno y un día de calor, presentándose por la rápida evaporación de la humedad depositada abundantemente, sobre la superficie de la tierra, en todas las partes del Estrecho.

Tan pronto como los patagones se dieron cuenta que los habíamos visto, montaron y cabalgaron a lo largo de la costa a la cuadra nuestra, siendo acompañados por otra gente, hasta que el número total no puede haber sido menos de cuarenta. Varios potros y perros estaban con ellos. Después de fondear en bahía Gregorio, donde pretendía permanecer por dos días para comunicarme con ellos, lancé un rocket, encendí una bengala azul y envié al teniente Cooke a tierra para pedirles un gran abastecimiento de carne de guanaco, por el cual les pagaríamos con cuchillos y abalorios. El bote regresó a bordo inmediatamente, trayendo cuatro nativos, tres hombres y “María”. Esta más bien notable mujer debe haber tenido, a juzgar por su apariencia, alrededor de cuarenta años: se dice que ella nació en Asunción, en Paraguay, pero yo creo que el lugar de su nacimiento fue más cercano a Buenos Aires. Ella hablaba entrecortado, pero comprensible, español, y expresó que ella misma era hermana de Bysante, el cacique de una tribu cercana al río Santa Cruz, quién es un personaje importante, debido a su porte (que María describió como inmenso), y su riqueza. Hablando de él, ella dijo que era muy rico; tenía muchas mantas, y también muchas pieles (“muy rico, tiene muchas mantas y también muchos cueros”). Un compañero de María, hermano de Bysante, era el más alto y más corpulento de esta tribu, y aunque sólo medía seis pies de alto, su cuerpo era lo suficientemente grande para un hombre mucho más alto. Estaba muy acongojado: su hija había muerto solo dos días antes de nuestra llegada; pero, no obstante su triste historia, pronto encontró a sus amigos, no pasó mucho tiempo antes que estuviera totalmente ebrio, y comenzó a cantar y decir a gritos el motivo de su desgracia, con un sonido más parecido al bramido de un toro que la voz de un ser humano. Al dirigirnos a María, que no estaba tan bebida como su hermano, que le impidiera hacer tan horribles ruidos, ella se rió y dijo: “Oh, no se preocupen, está borracho, pobre hombre, su hija está muerta (Es borracho, povrecito, murió su hija); y luego, adoptando un tono serio, miró hacia el cielo, y murmuró en su propio idioma una especie de oración o invocación a su demonio principal, o espíritu dominante, que Pigafetta, el compañero e historiador de Magallanes, llamó Setebos, y que el almirante Burney supuso que había sido el nombre original de uno de los nombres de Shakspeare en la “Tempestad” -

“Su arte es de tal poder
que podría controlar a mi madre diosa Stebos”
(Burney, i, 35 y 37)

La vestimenta de María era similar a la de las otras mujeres; pero ella llevaba aretes, hechos de medallas estampadas con la imagen de la Virgen María, los cuales, con el broche de bronce que sujetaba su manta sobre el pecho, le habían sido dados por un tal Lewis, que había pasado a bordo de un velero lobero americano, y quien, entendimos de ella, los había hecho “cristianos”. El jesuita Falkner, que vivió entre ellos por muchos años, ha escrito un largo, y, aparentemente, muy realista informe de los habitantes de los países al sur del río de La Plata, y describe a aquellos que viven en las orillas del Estrecho y de la costa ser, “Yacana-cunnees, lo que significa gente de a pie, porque no tienen caballos en su territorio; hacia el norte limitan con los Sehuau-cunnees, al oeste con los Key-yus, o Key-yuhues, de quienes están separados por una cadena de montañas; hacia el este estan rodeados por el océano; y al sur por las islas de la Tierra del Fuego, o del Mar del Sur. Estos indios viven cerca del mar en ambos lados del Estrecho, y a menudo guerrean entre ellos. Emplean flotadores livianos, como los de Chiloé, para atravezar el Estrecho, y son a veces atacados por los huilliches y otros tehuelches, que los llevan como esclavos, ya que no tienen nada que perder excepto su libertad y sus vidas. Subsisten principalmente de la pesca, que obtienen ya sea sumergiéndose , o golpeándolos con sus dardos. Son muy ágiles para marchar, y cazar guanacos y avestruces con sus bolas. Su estatura es muy similar a la de los otros tehuelches, rara vez superan los siete pies, y más frecuentemente no superan los seis pies. Son un pueblo inocente e inofensivo”. ( Patagonia de Falkner, pp. 110, 111.)

Al norte de esta gente, Falkner describe “los Sehuau-cunnees, los indios más australes que viajan a caballo; Sehuau significa en el dialecto tehuelche una especie de conejo negro, del tamaño de una rata de campo; y como en su territorio abundan estos animales, su nombre puede derivar de allí: cunnee significa “gente”.

Con la excepción de su manera de matar al guanaco con bolas, o balas, la descripción de los key-yus se podría aplicar mejor a los indios fueguinos; y si es así, han sido llevados a través del Estrecho, y confinados a las costas fueguinas por los Sehuau-cunnees, que no debe ser otra que la tribu de María. Los Key-yus, que son descritos como que habitan la costa norte del Estrecho, entre puerto Peckett y Madre de Dios, son probablemente la tribu encontrada cerca de las islas del suroeste, y que ahora son llamados Alikhoolip; mientras que los fueguinos del este, o Yacana-cunnees, que también han sido sacados del continente por sus poderosos vecinos, ahora llamados Tekeenikas. Nuestro conocimiento de los nombres de estas dos tribus, Alikhoolip y Tekeenika, resultan del examen posterior del comandante Fitz-Roy de la costa exterior de la Tierra del Fuego en el “Beagle” (1830). Un cacique, perteneciente a la nación de los Key-yus, le contó a Falkner que había estado en una casa hecha de madera, que viajaba sobre el agua. Un grupo de indios, en cuatro canoas, se reunió en las orillas del seno Otway con el comandante Fitz-Roy en 1829, cuyas armas, implementos, y todo lo que tenían, eran exactamente iguales a los de los indios fueguinos, a excepción que ellos tenían un carcaj hecho con la piel de un ciervo, y tenían el aspecto de una raza superior, eran tanto más fuertes y más robustos.

A falta de mejor información sobre el tema, debemos estar de acuerdo en separar a los indígenas en patagones y fueguinos. Las tripulaciones de las naves loberas los distinguen como los indios de a caballo y los indios canoeros.

Estas personas han tenido comunicación considerable con los loberos que frecuentan este vecindario, trocando sus pieles y carne de guanaco, sus mantas, pieles, por cuentas, cuchillos, adornos de bronce, y otros artículos; pero están igualmente ansiosos por obtener, azúcar, harina, y más que todo, “agua ardiente” o licores. Cuando llega un bote de cualquier nave, María con tantos amigos como los que ella pudo convencer a los tripulantes de permitirles embarcar, toman sus asientos, y, si se les permite, pasan la noche a bordo. Tan pronto como el bote varó, María y sus amigos tomaron sus asientos como si hubiera sido enviado especialmente para ellos. Como no esperaba esta visita, y no había ordenado lo contrario, y por la novedad de tales compañeros vencieron los escrúpulos del oficial, que había sido enviado a tierra para comunicarse con ellos. Su comportamiento ruidoso llego a ser desagradable, pronto fueron conducidos desde abajo a la cubierta, donde pasaron la noche. María durmió apoyando su cabeza en el molinete; y estaba tan ebria, que el ruido y la conmoción producida por el virado de ochenta brazas de cable no la despertaron. A la mañana siguiente, mientras estaba desayunando, se presentó bruscamente, con una de sus compañeras, y sentándose a la mesa, pidió te y pan, e hizo una copiosa comida. Tomé la precaución de hacer que todos los cuchillos, y artículos que pensé podrían ser robados, fueran sacados de la mesa, pero ni entonces, ni ninguna otra vez, detecté en María la intención de robar, aunque sus compañeros nunca perdieron una oportunidad de hurto.

Después del desayuno los indios fueron desembarcados, y como muchos de los oficiales estaban desocupados bajaron a tierra, y pasaron todo el día con la tribu, con la que un comercio muy activo se llevó a cabo. Había alrededor ciento veinte indios reunidos en total, con caballos y perros. Es probable que, con la excepción de cinco o seis individuos dejados para cuidar el campamento, y los que estuviesen ausentes en excursiones de caza, la totalidad de la tribu estuviese reunida en la playa, cada familia en un grupo separado, con todas sus riquezas desplegadas de la mejor manera para la venta.

Acompañé a María a tierra. Al desembarcar, me llevó al lugar donde estaba su familia sentada alrededor de sus bienes. Consistía en Manuel, su esposo, y tres niños, el mayor era conocido por el nombre de capitán chico, o “jefecito”. Una piel había sido extendida para que me sentara, la familia y la mayor parte de la tribu reunidos alrededor. María entonces me entregó varias mantas y pieles, por las cuales les di a cambio una espada, restos de un tapete rojo, cuchillos, tijeras, espejos y cuentas: de estas últimas después distribuí puñados a todos los niños, un regalo que causó evidente satisfacción a las madres, muchas de las cuales también obtuvieron una porción. Los receptores eran seleccionados por María, quien me dirigió primero hacia los niños más jóvenes, luego a los mayores, y finalmente a las niñas y mujeres. Fue curioso y divertido presenciar el orden con que esta escena se llevó a cabo y la notable paciencia de los niños, quienes, con la gran ansiedad por poseer sus baratijas, no abrieron sus labios, ni estiraron sus manos, hasta que ella los apuntaba en forma sucesiva.

Después que le dije a María que tenía más cosas que vender por carne de guanaco, despidió a la tribu de mi alrededor, y, diciendo que iba por la carne, montó su caballo y se alejó a paso vivo. Trás su salida comenzó el más activo comercio: primero, un manto fue comprado por una cadena de cuentas; pero como la demanda aumentaba, los indios aumentaban su precio, hasta que subió a un cuchillo, luego al tabaco, a continuación una espada, y finalmente nada los satisfacía excepto el “agua ardiente”, por la cual preguntaban repetidamente, diciendo: “bueno es borracho – bueno es – bueno es borracho” pero no había permitido que se trajeran licores a tierra.

Al regreso de María con una muy pequeña cantidad de carne, su esposo le dijo que yo había estado muy curioso acerca de un lío de paño rojo, que él me había dicho que contenía a “Cristo”, a lo que ella me dijo “quiere mirar mi Cristo”, y entonces, tras mi movimiento de cabeza asintiendo, llamó a su alrededor a varios de la tribu, quienes de inmediato obedecieron su citación. Muchas de las mujeres, sin embargo, permanecieron al cuidado de sus objetos de valor. Se llevó a cabo una ceremonia. María, quien, por la manera de llevar el acto, parecía ser la gran sacerdotisa así como el cacique de la tribu, comenzó pulverizando una tierra blanquecina en el hueco de su mano, y luego tomó un sorbo de agua, escupió de cuando en cuando sobre esta, hasta que formó una especie de pigmento, el cual distribuyó al resto, reservándose sólo lo suficiente para marcar su cara, párpados, brazos, y el cabello con la figura de la cruz. (Dos marineros portugueses, sin embargo, que habían residido algunos meses con ellos, después de haber sido dejados por un velero lobero, y sacados por nosotros en un viaje posterior ante su propia petición, nos informaron que María no es la líder en las ceremonias religiosas. Cada familia tiene su propio dios del hogar familiar, una pequeña imagen de madera, de unas tres pulgadas de largo, imitación aproximada de la cabeza y hombros de un hombre, que ellos consideran como el representante de un ser superior, atribuyéndole todo lo bueno o malo que les sucede). La forma en que esto fue hecho fue peculiar. Después de frotar la pintura en su mano izquierda y suavizarla con la palma de la derecha, hizo marcas en la pintura, y nuevamente otras en ángulo recto, dejando la impresión de muchas cruces, con la que ella marcó diferentes partes de su cuerpo, frotando la pintura, y haciendo las cruces de nuevo, hasta que todas las estampas fueron hechas.

Los hombres, después de haberse marcado en forma similar (para lo cual algunos se desnudaron hasta la cintura y cubrieron todo su cuerpo con impresiones), procediron a hacer lo mismo con los niños, a quienes no se les permitió realizar esta parte de la ceremonia a ellos mismos. Manuel, el esposo de María, que parecía en la ocasión ser su principal ayudante, sacó de los pliegues del envoltorio sagrado un punzón, y con este pellizcó bien los brazos o las orejas de toda la gente; quienes a su vez presentaban para que les pincharan entre el dedo y el pulgar, parte de la carne que iba a ser perforada. El objetivo evidentemente era perder sangre, y aquellos en los que la sangre fluía libremente mostraban señales de satisfacción, mientras que los otros cuyas heridas sangraban poco recibían la operación una segunda vez.

Cuando Manuel terminó, le pasó el punzón a María, quien pellizcó su brazo, y luego, con gran solemnidad y cuidado, murmurando y hablando consigo misma en español (de las que no entendí ninguna, aunque me arrodillé junto a ella y escuché con gran atención), ella quitó dos o tres envolturas, y expuso ante nuestra vista una figura pequeña, tallada en madera, que representaba a una persona muerta, tendida. Después de exponer la imagen, a la que todos le prestaron la mayor atención, y contemplaron por algunos momentos en silencio, María comenzó a hablar sobre las virtudes de su Cristo, diciéndonos que tenía “buen corazón”, y que era muy aficionado al tabaco “Mucho quiere mi Cristo tabaco, dame más”. Ante esta petición y en tal situación, no me podía negar; y después de aprobar sus alabanzas sobre la figura, le dije que enviaría a bordo por ello. Habiendo obtenido su deseo, comenzó a hablar con si misma por algunos minutos, durante los cuales miraba hacia arriba, y repetía las palabras “mucho quiere mi Cristo tabaco, muy bueno corazón tiene”, y lenta y solemnemente envolvió la figura, depositándola en el lugar del cual había sido tomada. Esta ceremonia terminó, el comercio, el cual había sido suspendido, recomenzó con redoblada actividad.

De acuerdo con mi promesa, envié a bordo por un poco de tabaco, y mi criado trajo una cantidad más grande de la que había pensado necesaria para la ocasión, la que imprudentemente expuso a la vista. María, habiendo visto el tesoro, decidió tenerlo todo, y cuando seleccioné tres o cuatro libras, y se las presenté, miró muy decepcionada, y se quejó representado su descontento. La acusé de su codicia, y le hablé más bien fuerte, lo que tuvo buen efecto, porque ella salió y regresó con un manto de guanaco, el cual me lo regaló.

Durante este día de trueque adquirimos carne de guanaco, suficiente para el abastecimiento de dos días de toda la tripulación, por unas pocas libras de tabaco. Habían sido sacrificados en la mañana, y traídos a caballo cortados en trozos grandes, por cada uno tuvimos que regatear. Inmediatamente que un animal es sacrificado, es desollado y cortado en pedazos, o trozado, para comodidad de llevarlo. La operación es hecha de prisa, por lo que la carne se ve mal, pero está bien probado, que es una excelente comida, que nunca tiene grasa, y es abundante en jugo de carne, lo cual compensa su flacura. Mejora mucho con el tiempo de guardado, y ha demostrado ser una carne valiosa y saludable.

El comandante Stokes, y varios de los oficiales, trás nuestra primera llegada a la playa, habían obtenido caballos y cabalgaron hasta sus “toldos”, o campamento principal. A su regreso, me enteré que, a corta distancia de las viviendas, habían visto la tumba del niño que había muerto recientemente. Tan pronto, como, María regresó, obtuve de ella un caballo, y acompañado por su esposo y su hermano, el padre del fallecido, y ella misma, visité esos toldos, situados en un valle que se extendía de norte a sur entre dos cadenas de cerros, através del cual corría un riachuelo, que llegaba hasta el Estrecho en la Segunda Angostura, cerca de una milla al oeste de cabo Gregory.

Encontramos ocho o diez carpas dispuestas en una fila; los costados y parte trasera cubiertas con pieles, pero los frentes, que miraban hacia el este, estaban abiertos, incluso estos, sin embargo, estaban muy protegidos del viento por la cadena de cerros del este de la llanura. Cerca de ellos el terreno estaba más bien pelado, pero más atrás había un pasto que crecía exuberante, proporcionando pastos ricos y abundantes para los caballos, entre los que observamos varias yeguas con cría, y potros pastando y retozando al lado de sus madres: la escena era animada y agradable, y, por un momento, me recordó climas distantes, y días pasados.

Los “toldos” son todos iguales. De forma rectangular, de unos diez o doce pies de largo, diez de fondo, siete pies de altura en el frente, y seis pies en la parte trasera. La estructura de la construcción está formada por estacas clavadas en la tierra, que tienen su extremo superior bifurcado para sujetar piezas cruzadas, en las cuales descansarán los palos de las vigas, que soportarán la cubierta, que está hecha de pieles de animales cosidas entre sí con el fin de que sean impermeables a la lluvia o el viento. Las estacas y vigas, que no son fáciles de obtener, son llevadas de lugar en lugar en todas sus excursiones de viaje. Habiendo llegado a su lugar de acampar, y marcado un lugar con la debida atención a su resguardo del viento, cavan hoyos con una barra de fierro o una pieza con la punta de madera dura, para recibir las estacas; y toda la estructura y cubierta que están listas, les toma muy poco tiempo levantar una vivienda. Sus bienes y muebles son colocados sobre el caballo bajo el cuidado de las mujeres, quienes montan arriba de estos. Los hombres no llevan nada más que el lazo y las boleadoras, para estar listos para cazar animales, o para protección.

El toldo de María estaba casi en el centro, y junto a el estaba el de su hermano. Todas las cabañas parecían bien provistas de pieles y provisiones, las primeras estaban enrrolladas y colocadas en la parte de atrás, y las últimas suspendidas de los soportes del techo; la mayoría en el estado bien conocido en Sud América por el nombre de charqui (carne en tiras); pero esta era principalmente carne de caballo, que esta gente considera superior a los otros alimentos. La carne fresca era casi toda de guanaco. Los únicos recipientes empleados para el transporte del agua son vejigas, sustitutos suficientemente desagradables como utensilios para beber que ellos hacen; la canasta fueguina, aunque a veces sucia, es menos ofensiva.

A unas doscientas yardas de la aldea estaba erigida la tumba, a la que, mientras María estaba arreglando sus pieles y mantos para la venta, el padre del fallecido me llevó con otros oficiales.

Era una pila cónica de ramitas secas y ramas de arbustos, de unos diez pies de alto y veinticinco de circunferencia en la base, todo atado con correas de cuero, y la parte superior cubierta con un trozo de tela roja, decorada con tachones de bronce, y coronada por dos palos, que llevaban banderas rojas y una hilera de campanas, las que, movidas por el viento, mantenían un tintineo continuo.

Una zanja, de unos dos pies de ancho y un pie de profundidad, estaba excavada alrededor de la tumba, excepto en la entrada, que estaba llena con arbustos. Frente a esta entrada estaba la piel disecada de dos caballos, recientemente sacrificados, cada uno puesto sobre cuatro palos como patas. Las cabezas de los caballos estaban adornadas con tachones de bronce, similares a los de la parte superior de la tumba; y en la parte exterior de la zanja había seis palos, cada uno con dos banderas, una sobre la otra.

El padre, que lloró mucho cuando visitó la tumba, con el grupo de oficiales que fueron la primera vez con él, aunque ahora evidentemente afligido, comenzó lo, que suponíamos sería un largo relato de la enfermedad de su hijo, y nos explicó que su muerte fue causada por un tos fuerte. No se mantuvo guardia en la tumba; pero estaba a la vista, y no muy lejos de sus toldos, por lo que la aproximación de cualquiera de inmediato podría conocerse. Evidentemente ellos tenían plena confianza en nosotros, y por lo tanto habría sido injusto e impolítico intentar un examen de su contenido, o determinar que se había hecho con el cuerpo.

Las mujeres patagónicas son tratadas lejos mucho más amablemente por sus maridos que las fueguinas; que son poco más que esclavas, que pueden ser golpedas, y obligadas a realizar todas las laboriosas tareas de la familia. Las mujeres patagónicas están en casa, moliendo pintura, secando y estirando pieles, fabricando y pintando mantos. Al viajar, sin embargo, tienen a su cargo el equipaje y las provisiones, y, por supuesto, sus hijos. Estas mujeres probablemente tienen trabajos de naturaleza más laboriosa que los que vimos; pero no pueden compararse con aquellos de las fueguinas, quienes, exceptuando la caza y la guerra, hacen todo lo demás. Reman en las canoas, bucean por las conchas y huevos de mar, construyen sus wigwams, y mantienen el fuego; y si descuidan cualquiera de estas tareas, o provocan el disgusto de sus maridos de cualquier manera, son golpeadas o pateadas severamente. Byron, en su relato sobre la pérdida de la “Wager”, describe la brutal conducta de uno de estos indios, que en realidad mató a su hijo por una falta sin importancia. Los patagones están fervientemente unidos con su prole. En la infancia son llevados a la espalda de la madre en una silla, una especie de cuna, en la cual son fijados de forma segura. La cuna está hecha de mimbre, de unos cuatro pies de largo por un pie de ancho, techada con ramitas como el marco de una carreta inclinada. El niño es envuelto en pieles, con el pelaje hacia dentro o hacia afuera de acuerdo con el tiempo. En la noche, o cuando llueve, la cuna es cubierta con una piel que efectivamente la aisla del frío y de la lluvia. Viendo una de estas cunas cerca de una mujer, comencé a hacer un esbozo de ella, ante lo cual la madre llamó al padre, quien me miraba muy atentamente, y mantuvo la cuna en la posición que yo consideraba como la más favorable para mi esbozo. La terminación del dibujo les dió a ambos mucho agrado, y durante la tarde el padre me recordó repetidamente que había pintado a su hijo (“pintado su hijo”).

Una circunstancia digna de reconocer, como una prueba de sus buenos sentimientos hacia nosotros. Deberá recordarse que tres indios, del grupo con quienes primero nos comunicamos, nos acompañaron tan lejos como cabo Negro, donde ellos desembarcaron. Trás nuestra llegada en esta oportunidad, me encontré, con uno de ellos, que me preguntó por mi hijo, con quien había hecho gran amistad; luego de decirle que estaba a bordo, el nativo me regaló un manojo de nueve plumas de avestruz, y después les entregó un regalo similar a cada uno en la embarcación. Todavía llevaba una gran cantidad debajo de su brazo, amarrada en manojos de nueve plumas cada uno; y luego después, cuando el bote del “Beagle” desembarcó con el comandante Stokes y otros, él fue a su encuentro; pero encontrándolos desconocidos, se alejó sin hacerles ningún regalo.

En la tarde mi hijo desembarcó, cuando el mismo indio bajó a encontrarlo, perecía encantado de verlo, y le regaló un manojo de plumas, del mismo tamaño de las que había distribuído en la mañana. En esta, nuestra segunda visita, habían reunidos cerca de cincuenta patagones, ni uno de ellos parecía tener más de cincuenta y cinco años de edad. Eran por lo general entre cinco pies diez y seis pies de altura: un solo hombre excedía los seis pies – cuyas dimensiones, medidas por el comandante Stokes, fueron las siguientes – :
Altura: 6 pies 1 ¾ pulgadas
Alrededor del pecho: 4 pies 1 1/8 pulgadas
Alrededor del lomo: 3 pies 4 ¾ pulgadas

Yo había observado antes el desproporcionado gran tamaño de la cabeza, y la longitud del cuerpo de estas personas, comparado con el tamaño diminuto de sus extremidades, y en esta visita, mi opinión fue más que confirmada, pues tal parece ser la naturaleza general de toda la tribu; y por esto, quizás, se pueden atribuir los errores de algunos navegantes antiguos. Magallanes, o más bien Pigafetta, fue el primero que describió a los habitantes del extremidad austral de América como gigantes. Se reunió con algunos en puerto San Julián, uno de los cuales es descrito ser “tan alto, que nuestras cabezas apenas le llegaban a la cintura, y su voz era como la de un toro”. Herrera ( Burney, i.p.33), sin embargo, ofrece un relato menos extravagante de ellos: él dice, “el más chico de los hombres era más corpulento y más alto que el más robusto hombre de Castilla”, y Máximo. Transylvanus dice que eran “diez palmas o palmos de alto; o siete pies seis pulgadas”.

En el viaje de Loaysa (1526), Herrera menciona una entrevista con los nativos, que llegaron en dos canoas, “los lados de las cuales estaban formados por las costillas de ballenas. La gente en ellas eran de gran tamaño que algunos los llamaron gigantes; pero hay tan poco acuerdo entre los relatos acerca de ellos, que guardaré silencio sobre el tema” (Ibid, p. 135).

Como el viaje de Loaysa fue emprendido inmediatamente después del regreso de la expedición de Magallanes, es probable que, de las impresiones recibidas del informe de Pigafetta, muchos pensaron que los indios que encontraron eran gigantes, mientras que otros, al no encontrarlos tan grandes como lo esperaban, hablaron más cautelosamente sobre el tema; pero la gente vista por ellos deben haber sido fueguinos, y no los que ahora reconocemos por el nombre de patagones.

La flota de Sir Francis Drake entró al puerto San Julián, donde encontraron nativos “de gran estatura”, y el autor de “Rodear el mundo”, en el cual el viaje anterior es detallado, hablando de su tamaño y altura, supone el nombre dado a ellos haber sido pentagones, para señalar una estatura de “cinco codos v.gr. Siete pies y medio”, y comenta que describe la altura total, si no algo más, del más alto de ellos. (Burney, i. 318). Hablaban de los indios que encontraron dentro del Estrecho como pequeños en estatura. (ibid, i. 324).

El siguiente navegante que pasó a través del Estrecho fue Sarmiento; cuyo informe dice muy poco como prueba del tamaño muy superior de los patagones. Simplemente los llama “Gente Grande” y “los Gigantes”, (Sarmiento, p. 244), pero esto podría tener su origen en la relación del viaje de Magallanes. Él particulariza un indio, que ellos hicieron prisionero, y sólo dice “ sus miembros son de gran tamaño” (es crecido de miembros). Este hombre era un nativo de la tierra cercana a cabo Monmouth, y , por lo tanto, un fueguino. Sarmiento estuvo después en la vecindad de bahía Gregory, y tuvo un encuentro con los indios, en la que él y otros fueron heridos; pero no habla de ellos como siendo inusualmente altos.

Después que el establecimiento, llamado “Jesús”, fuera creado por Sarmiento, en el mismo lugar donde los “gigantes” habían sido visto, no se menciona gente de gran estatura, en el informe de la colonia; pero Tomé Hernández, cuando fue interrogado delante del Virrey del Perú, declaró. “que los indios de las llanuras, que son gigantes, se comunican con los nativos de Tierra del Fuego, que son como ellos”. (Apéndice de Sarmiento, XXIX).

El informe de Anthony Knyvet del segundo viaje de Cavendish ( Purchas, IV. ch. 6 y 7), no es considerado creíble. (el cual está contenido en Purchas). Describe a los patagones estar entre quince y dieciseis palmos de alto; y que de estos caníbales, vinieron hacia ellos más de mil al mismo tiempo! Los indios de puerto del Hambre, en el mismo informe, son mencionados como una especie de raros caníbales, de cuerpo corto, no más de cinco o seis palmos de alto, muy fuertes y de hechura gruesa. (Burney, ii.p. 106).

Los nativos, que fueron tan inhumanamente asesinados por Oliver Van Noort, en la isla Santa Marta (cerca de la isla Isabel), fueron descritos ser de la misma estatura como la gente común de Holanda, y fue comentado que eran anchos y de alto pecho. Algunos cautivos fueron llevados a bordo, y uno, un niño, le informó a la tripulación que había una tribu que vivía más lejos tierra adentro, llamados “Tiremenen” y su territorio “Coin”, que eran “personas grandes, como gigantes, eran desde diez a doce pies de altura, y que venían a hacer la guerra contra las otras tribus, ( Las tribus descritas por este niño eran los 1.- Kemenites, que vivían en un lugar llamado Karay. 2.- Kennekas ---------Karamay. 3.- Karaike ---------Morine. 4.- Enoo, la tribu a la que pertenecían los indios que ellos asesinaron.), a quienes les reprochaban ser comedores de avestruces! ( Burney, ii. 215).

Spilbergen (1615) dice que el “vio a un hombre de estatura extraordinaria, que se mantenía en los terrenos más altos para observar las naves, y en una isla, cerca de la entrada del Estrecho, fueron encontrados los cuerpos muertos de dos nativos, envueltos con pieles de pingüinos, y cubiertos con muy poca tierra; uno de ellos era de estatura humana normal, el otro, el diario dice, que era dos pies y medio más largo (Ibid. ii.334). El aspecto gigantesco del hombre en las colinas puede quizás explicarse por el engaño óptico que nosotros mismo experimentamos.

Le Maire y Schouten, cuyos informes de las tumbas de los patagones están precisamente de acuerdo con las que nosotros vimos en bahía Sea Bear, el cuerpo tendido en el suelo cubierto con una pila de piedras, describe los esqueletos como que medían diez u once pies de largo, “las calaveras de los cuales las pudimos colocar en nuestras cabezas como si fueran cascos!”.

Los Nodales no vieron a ninguna persona en el lado norte del Estrecho; con quienes se comunicaron eran nativos de Tierra del Fuego, de cuya forma no dieron ninguna información.

Sir John Narborough vio un indio en puerto San Julián, y los describe como “gente de estatura mediana: bien formados ...el Sr: Wood era más alto que cualquiera de ellos”. También tuvo una entrevista con diecinueve nativos en la isla Isabel, pero eran fueguinos.

En el año 1741, indios patagones fueron vistos por Bulkley y sus compañeros. Estaban montados en caballos, o mulas, lo cual es la primera noticia que tuvimos que poseyeran estos animales.

Duclos de Guyot, en el año 1766, tuvo una entrevista con siete indios patagones, que estaban montados en caballos equipados con sillas de montar, bridas y estribos. El más bajo de los hombres medía cinco pies once pulgadas y un cuarto inglés. Los otros eran considerablemente más altos. A su jefe o líder lo llamaban “Capitán”.

Bougainville, en 1767, desembarcó en medio de los patagones. De su tamaño comenta: “Tienen una forma fina; entre los que vimos, ninguno estaba por debajo de los cinco pies diez pulgadas y un cuarto (inglés), ninguno sobre seis pies dos pulgadas y medio de altura. Su apariencia gigantesca surge de su prodigiosa anchura de hombros, el tamaño de su cabeza, y el grosor de todos sus miembros. Son robustos y bien alimentados: sus nervios son reforzados y sus músculos fuertes, y suficientemente duros, etc.”. Esta es una excelente información, pero qué diferente es con la del comodoro Byron, quien dice, “Uno de ellos, que después pareció ser el jefe, vino hacia mí, era de estatura gigantesca, y parecía hacer realidad los cuentos de monstruos de forma humana, tenía la piel de alguna bestia salvaje echada sobre sus hombros, como un montañés escocés lleva su falda a cuadros, y estaba pintado para darle la apariencia más horrorosa que yo alguna vez contemplé: alrededor de uno de sus ojos tenía un gran círculo blanco, un círculo negro rodeaba el otro, y el resto de su cuerpo estaba rayado con pintura de diferentes colores. No lo medí; pero sí pude juzgar su altura por la proporción de su estatura con la mía, no podía ser menos de siete pies. Cuando este horroroso vino, nos murmuramos algo el uno al otro como saludo, etc.” (Hawksworth Coll. I 28). Después de esto menciona a una mujer “del más enorme
tamaño”; y nuevamente, cuando el Sr. Cumming, el teniente, se une a él, el comodoro dice, “antes que la canción terminara, el Sr. Cumming llegó con el tabaco, y no pude menos que sonreir ante el asombro que vi que expresaba su rostro al verlo, pensando que él con seis pies dos pulgadas de alto, se convirtió inmediatamente en un pigmeo entre gigantes, porque estas personas, pueden, de verdad, ser llamadas más propiamente gigantes en lugar de hombres altos: de los pocos de entre nosotros que miden seis pies, apenas algunos son corpulentos y musculosos, en proporción a su estatura, pues parecen más bien como hombres de corpulencia normal que crecieron accidentalmente a una altura inusual; y un hombre que debería medir solamente seis pies dos pulgadas, e igualmente supera a un hombre robusto de estatura normal en anchura y músculos, nos parecería más bien perteneciente a una raza gigantesca, que ser un individuo accidentalmente anómalo; nuestra sensación, por lo tanto, después de ver quinientas personas, en que el más bajo era a lo menos cuatro pulgadas más alto, y corpulento en proporción, puede ser fácilmente imaginada”. (Ibid.).

Este informe fue publicado sólo siete años después del viaje, y la exageración, si existe, puede haber sido expuesta a muchas personas. No hay duda, que entre quinientas personas muchas eran de gran porte; pero que todas fueran cuatro pulgadas más altas de seis pies tiene que haber sido un error. El comodoro dice, que la “causa que ellos estaban todos sentados”, y en esa posición, por el largo de sus cuerpos, seguramente parecían ser de una estatura muy grande. (Ver una carta del Sr. Charles Clarke, un oficial a bordo del “Dolphin”, al Sr. Maly M.D. Secretario de la Royal Society, fechada 3 de noviembre de 1766, leída delante de la Royal Society el 12 de abril de 1767, y publicada en el volumen cincuenta y seite del Phil. Trans., part. i. p. 75, en la cual se da un exagerado informe de este encuentro. Los hombres son descritos tener ocho pies de alto, y las mujeres siete y medio a ocho pies. “Son prodigiosamente robustos, y tan bien bien proporcionados como nunca había visto en mi vida”. Esta comunicación pretendía probablemente corroborar el informe del comodoro) .

Poco después, Wallis, en la vecindad del cabo Vírgenes, se comunicó con la misma gente, y como la historia de los patagones gigantes había sido difundida en el extranjero, y estaba muy desacreditada, llevó dos varas de medir, y dice, en su informe: “Fuimos alrededor y medimos aquellos que parecían ser los más altos. Uno era de seis pies siete pulgadas de alto, varios más eran de seis pies cinco, y seis pies seis pulgadas, pero la estatura de la mayor parte era entre cinco pies diez a seis pies”.

En el viaje de la “Santa María de la Cabeza”, (Último viaje, p.21), 1786, se relata que la altura de uno o dos patagones, con los cuales los oficiales tuvieron una entrevista, era de seis pies once pulgadas y medio (de Burgos), que es igual a seis pies cuatro pulgadas y media (inglesas). Este hombre llevaba una espada, en la que estaba grabado “Por el rey Carlos III”, y hablaba unas pocas palabras en español, prueba de que habían tenido comunicación con algunos de los establecimientos españoles. Sin embargo, no parece del informe que hubiesen muchos otros, si es que ninguno, de esa altura.

De todos los informes mencionados, creo que los de Bougainville y Wallis son los más exactos. Es cierto, que de la cantidad que nosotros vimos, ninguno medía más de seis pies dos pulgadas; pero es posible que las generaciones precedentes hayan sido un raza de gente más grande, ya que ninguno de los que vimos podría haber estado vivo en el tiempo de los viajes de Wallis o Byron. Los más antiguos sin duda eran más altos; pero, sin desacreditar los informes de Byron, o cualquier otro de los viajeros modernos, creo que es probable que, por un modo de vida diferente, o una mezcla por matrimonios con los tribus fueguinas del sur, que sabemos han tenido lugar, hayan degenerado en una raza más pequeña, y han perdido todo derecho al título de gigantes, aunque su robustez, formas musculares y largo de su cuerpo, en alguna medida confirman los informes anteriores; pués si los miembros proporcionados de la generación presente, pueden, sin ninguna exageración, justificar el informe del comodoro Byron. El misionero jesuita Falkner, (Falkner, de acuerdo con el decano Funes, estuvo originalmente dedicado al comercio de esclavos en Buenos Aires, pero después se convirtió en jesuita, y estudió en un colegio de Córdoba, donde, a un excelente conocimiento de la medicina, añadió la teología. Es el autor de una descripción de la Patagonia, publicada en Londres después de la expulsión de los jesuitas – Ensayo de la Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires, y Tucumán, por el doctor Don Gregorio Funes, iii. P 23, nota. Publicado en Buenos Aires, 8avo. 1817) quien, a partir de una relación de cuarenta años con los indios de Sur América, debe ser considerado como una de las mejores autoridades, dice hablando de un patagón llamado Cangopal, “Este jefe, que era llamado por los españoles el Cacique Bravo (Ver el informe del decano Funes de Buenos Aires, y de las tribus indias, vol. ii. 394), era alto y bien proporcionado; debe haber tenido siete pies y algunas pulgadas de altura, porque yo en puntillas no pude alcanzar la parte de arriba de su cabeza: lo conocí muy bien, e hice algunos viajes con su compañía: no recuerdo nunca haber visto un indio que estuviese sobre una o dos pulgadas más alto que Cangopal. Su hermano Sausimian era alrededor de seis pies de altura. Los patagones o puelches son personas de cuerpo grande; pero nunca oi de aquella raza gigantesca que otros han mencionado, aunque he visto personas de todas las diferentes tribus de los indios del sur”.

Este es un informe de 1746, sólo veinte años antes del de Bougainville. Tomando juntas todas las evidencias, puede considerarse, que la estatura media de los hombres de estas tribus del sur es de alrededor de cinco pies once pulgadas. Las mujeres no son tan altas, pero en proporción son más anchas y más gruesas: generalmente son de figura plana. La cabeza es larga, ancha y plana, y la frente pequeña, con el pelo creciendo dentro de una pulgada de las cejas, que son rasas. Los ojos están a menudo colocados en posición oblicua, y tienen poca expresión, la nariz es generalmente más bien plana, y hacia arriba; pero vimos varias con esa característica recta, y algunas veces aguileña; la boca es ancha, con labios prominentes, el mentón es más bien grande, las mandíbulas son anchas, y le dan al rostro una apariencia cuadrada; el cuello es corto y grueso, los hombros son anchos, el pecho es ancho, y muy lleno; pero el brazo, particularmente el antebrazo, es pequeño, como también lo son el pie y la pierna; el cuerpo es largo, grande y gordo, pero no corpulento. Tal era el aspecto de los que fueron objeto de mi observación.

En cuanto a su carácter, los patagones son amistosos, sin esa disposición de discutir, después que la novedad del primer conocimiento ha pasado, lo cual es tan común entre los salvajes en general. Esto probablemente se debe a motivos interesados, ciertamente no por miedo, a menos que sea miedo de ser evitados en lugar de ser visitados por las naves que pasan, y de las cuales obtienen muchos artículos útiles, y muchas recompensas temporales.

Espadas, cuchillos largos, tabaco, te paraguayo, monedas, monturas, armas de fuego, plomo para tiros, tela roja, cuentas (especialmente de color azul cielo), harina, azúcar, y licores, son muy deseados en cambio por su peletería y carne de guanaco, pero no tienen idea más allá de satisfacer los deseos del moemnto.

Después que unas pocas libras de tabaco habían sido distribuidas entre ellos, ya que son muy aficionados a fumar, volviéndose como una droga, y fue necesario producir algo nuevo para despertar su atención. La influencia de María, y la referencia hecha tan constante de ella, parecería que ella era considerada como el cacique de la tribu, pero su aparente superioridad puede surgir de su relación con Bysante, de quien todos hablan como el “El cacique grande”, o de la atención prestada a ella por los buques con quienes se comunican.

La gente de esta tribu parecía vivir juntos armoniosamente, no fueron observadas riñas o sentimientos celosos, y ciertamente ninguno fue manifestado por cualquiera de nuestros corpulentos amigos al ser testigos de que otro recibía un regalo valioso, o un buen intercambio por su propiedad.

A la puesta del sol a nuestra gente se le ordenó embarcar, ante lo cual el precio de las mercancías de los patagones inmediatamente cayó, al menos, un mil por ciento, aunque varios las retuvieron en espera del día siguiente. María colocó dentro del bote, después de mi rechazo de dejarla ir a bordo a pasar la noche, dos bolsas, pidiéndome que le enviara harina y azúcar. Ella fue la más pertinaz por aguardiente, a lo cual, sin embargo, me negué. Su grito constante era “Es muy bueno estar borracha; me gusta mucho beber; el ron es muy bueno – ¿Dame un poco?” (Muy bueno es boracho, mucho mi gusta, mucho mi gusta de beber, muy bueno es aqua ardiente – Da me no más?).

Entre ellos había un indio fueguino; pero no pereció claro si estaba viviendo con ellos permanentemente, o sólo de visita. Algunos pensamos entender el relato de uno de los patragones, que parecía ser el más interesado en él, contó, que el capitán de un barco lobero lo había dejado entre ellos. Lo reconocimos al instante por su apariencia comparativamente escuálida y diminuta, y nuestras creencias fueron confirmadas por su reconocimiento de las palabras “Hosay y Sherroo”. La palabra en patagón para un barco es “carro grande”, y para un bote es “carro chico”, una mezcla propia y de la lengua española. Todo lo que pude entender de su historia fue, que él era el cacique de una tribu indígena lejana: evidentemente era un gran preferido, y si bien María hablaba generalmente con gran desprecio de los indios fueguinos, ella había patrocinado a este extranjero, ya que vivía en su toldo, y compartía todos los regalos que le hicieron a ella.

A la mañana siguiente llovió mucho, y sopló un temporal, del oeste, por lo que habría sido peligroso enviar un bote a tierra: por lo que me ví obligado a virar sin enviarle las cosas que le había prometido. Después que estábamos navegando, el tiempo aclaró parcialmente, cuando vi a María en la playa, montada en su caballo blanco, con otros que miraban nuestra partida, y cuando fue evidente que realmente nos estábamos yendo, cabalgó lentamente de regreso a su toldo, sin duda considerablemente molesta. Me dio mucha pena tratarlos de esta manera, pués su conducta hacia nosotros había sido abierta y amistosa. Todo lo que podía esperar hacer, para desagraviarla, era darle algo de valor a mi regreso.

Nos dirigimos a bahía San Felipe, acompañados por el “Beagle” (zarpamos de bahía Gregorio en la mañana, y pasamos el cabo Vírgenes en la tarde del mismo día), dejamos el estrecho de Magallanes con buen viento, y, después de una navegación favorable, llegamos a Montevideo el 24 de abril de 1827.

Desde Montevideo fuimos a Río de Janeiro, para obtener provisiones, y prepararnos para otro viaje al Estrecho. A nuestro llegada recibí permiso del Comandante en Jefe para dirigirme al Lord High Admiral solicitándole autorización para emplear un tender, para facilitar el levantamiento de los senos y profundos canales, en la vecindad del Estrecho, y en los senos interiores de la costa oeste, para lo cual, ni el “Adventure”, ni el “Beagle”, estaban adaptados; por lo que pensé que sería mejor retrasar nuestro zarpe hasta que recibiera una respuesta a mi solicitud.





jueves, 18 de agosto de 2011

Volumen I Capítulo V (Abril 1827) Páginas 65 a 83

Llega el teniente Sholl – El “Beagle” regresa – La pérdida del lobero “Saxe Cobourg” - El comandante Stokes va a bahía Furia a salvar su tripulación – Informe del “Beagle” - Memorial de Bougainville – Memorial de Córdova – El “Beagle” en peligro – Dificultades – Crucero del bote del comandante Stokes – Canalizos – Nativos – Trabajo peligroso – La entrada occidental del estrecho de Magallanes – Crucero del “Hope” - Alistamiento para regresar a Montevideo.

El tiempo de ausencia del “Beagle” había expirado el 1 de abril, y nuestra preocupación, aumentada por la pérdida reciente, estaba siendo muy aflictiva. Detuve al “Hope” de ir a efectuar el servicio para el cual se había preparado, para el caso de ser requerido de ir a buscar a nuestro consorte: pero el 6 divisamos un extraño bote ballenero que se acercaba hacia nosotros desde el sur, en el cual pronto distinguimos al teniente Sholl. Su aparición, bajo tales circunstancias, por supuesto aumentaron nuestros temores por la seguridad del “Beagle”; pero, al aproximarse, su grato grito, “¡ todo está bien!” inmediatamente eliminó nuestra ansiedad.

El Sr. Sholl me informó, que el “Beagle” había recogido una embarcación, perteneciente a la goleta “Prince of Saxe Cobourg”, naufragada en bahía Furia, en la entrada sur del canal Bárbara; y que se había instalado en puerto Gallant, desde donde el comandante Stokes había ido con las embarcaciones a ayudar a los loberos, dejando al teniente Skyring a bordo.

Habiéndose establecido la seguridad del “Beagle”, envié al Sr. Graves, con el “Hope” a levantar algunas aberturas entre el canal Magdalena y los Dos Hermanos de Bougainville.

Varios días antes de lo esperado, el “Beagle” hizo su aparición, y el comandante Stokes pronto me dio la agradable información de que había tenido éxito en el salvataje de la tripulación del “Prince of Saxe Cobourg”. Favorecido por el tiempo, aunque atrasado por el práctico que había olvidado la ruta, el comandante Stokes alcanzó bahía Furia en dos días, y embarcó al capitán y la tripulación del velero naufragado, con todos sus bienes personales, y la mayor parte de las pieles de lobo que habían curtido. Al cuarto día llegó de nuevo a puerto Gallant, zarpó de inmediato en el “Beagle”, y dos días después fondeó en puerto del Hambre.

El “Prince of Saxe Cobourg”, propiedad del Sr. Weddel (cuyo viaje hacia el polo sur es bien conocido), y comandado por el Sr. Matthew Brisbane, quien acompañó a Weddel en esa ocasión, zarpó de Inglaterra en el verano de 1826, en un viaje de caza de lobos. En las Shetland del Sur encontró un continuo mal tiempo, y fue asediado por una gran masa de hielo durante varios días, y recibió tanto daño que lo obligaron dirigirse a las costas fueguinas, y fondear en bahía Furia, a la entrada del canal Bárbara. Allí (16 de diciembre de 1826) fue lanzado a la playa por la furiosa fuerza de los williwaws, y naufragó. La tripulación, sin embargo, fue capaz de salvar la mayoría de las provisiones y pertrechos, así como sus tres embarcaciones. Levantaron carpas, y se establecieron en la costa, permaneciendo en angustiosa expectativa de la llegada de algún barco que pudiera socorrerlos, sin embargo pasaron días tras días, sin socorro.

Dos botes fueron enviados para buscar cualquier velero lobero que pudiese estar en la vecindad, pero después de quince días de ausencia regresaron sin éxito. En ese intervalo uno de los tripulantes, que había estado mucho tiempo enfermo, murió; y otro, al descargar sin cuidado un mosquete, hizo explotar veinte libras de pólvora, por lo cual resultó muy quemado. Tres hombres que se amotinaron, fueron castigados siendo enviados, cada uno a diferentes islas, con provisiones sólo para una semana.

Poco después otro bote fue enviado, el cual llegó a puerto Hope, pero no encontró allí ningún velero. Siete personas obtuvieron permiso del capitán (quien mantuvo en correcto estado la disciplina) para tomar el más grande de los botes balleneros, e ir hacia Río Negro. Previo a su partida se elaboró un contrato de acuerdo sobre la conducta general, el incumplimiento del cual iba a ser castigado dejando al infractor en la costa, dondequiera que ello pudiera suceder. La embarcación finalmente llegó sana y salva a su destino, y los tripulantes entraron como voluntarios a bordo del escuadrón Buenos Aires, en ese momento participando en la guerra con Brazil.

De nuevo una embarcación fue enviada, ordenándosele ir hacia el oeste a través del Estrecho en busca de veleros. Había llegado sólo tan lejos como Playa Parda, cuando el “Beagle” se encontró con ella (3 de marzo de 1827). Mientras navegaba por los canales pequeños, antes de entrar al Estrecho, se encontró con varias canoas, con indios, que intentaron detenerla, y le lanzaron flechas a la tripulación, pero, afortunadamente, sin causarles ningún daño.

Después de la salida del último bote, el Sr. Brisbane comenzó a construir una pequeña embarcación, y, mientras estaban ocupados en ello, fueron visitados por un grupo de nativos, que se comportaron muy pacíficos, y se fueron. Su visita, sin embargo, le dio a los náufragos, ahora muy reducidos en número (incluyendo al capitán, habían a bordo, veintidos personas, cuando fueron arrojados a la playa), motivos para recelar de la llegada de un grupo más grande, que podría tratar de apoderarse de las cosas que estaban tiradas en la playa, por lo que enterraron gran parte de ellas, y tomaron las medidas para proteger el resto preparándose para repeler un ataque. Cuando el comandante Stokes llegó con sus dos embarcaciones, los loberos corrieron a sus armas, gritando “los indios, los indios”, pero a los pocos minutos una extraordinaria alegría sucedió a su repentina alarma.

El comandante Stokes encontró el velero tumbado sobre las rocas, dañado, y hecho una ruina total. El capitán y la tripulación estaban ansiosos de salir de ahí, por lo tanto los embarcaron, con la mayor cantidad de bienes que podían ser llevados, y consiguieron (después de otra noche en los botes, y largas ochenta millas de remar) llevarlos en forma segura al “Beagle”.

El siguiente es un resumen del diario del comandante Stokes de su crucero a la entrada occidental del Estrecho.

El “Beagle” zarpó de puerto del Hambre el 15 de enero, para explorar el Estrecho al oeste de cabo Froward, y especialmente para establecer la posición del cabo Pilar, la roca llamada Westminster Hall, y las islas Dirección, en la entrada occidental del Estrecho.

La primera noche el comandante Stokes fondeó en bahía San Nicolás, y en la tarde examinó un puerto detrás de isla Nassau ( Puerto Bougainville, mejor conocido por los loberos como el puerto de Jack), el cual Bougainville, en el año 1765, visitó con el propósito de obtener madera para la colonia francesa en la islas Falkland.

La segunda noche, después de un día casi tranquilo, el “Beagle” fondeó en una caleta al este de cabo Froward, y al día siguiente (17) rodeó el cabo, con todo su velamen desplegado contra un viento por la proa. El relato del comandante Stokes de ese día haciendo bordadas le dará al lector una idea del tipo
de navegación.

“Nuestra pequeña bahía nos había protegido tan completamente del viento, que con ese pensamiento, cuando (a las cinco A.M.) viramos, la brisa era tan ligera que apenas nos permitió, con todas las velas izadas, sortear su entrada; tan pronto como estuvimos fuera, nos vimos obligados a tomar arrizado triple. Continuamos haciendo bordadas con todo el velamen desplegado; nuestro objetivo era doblar el cabo Froward, y asegurarnos, si fuese posible, antes que llegara la noche un fondeadero en el cabo Holland, seis leguas más lejos hacia el oeste. Al principio hicimos bordadas a través del Estrecho hasta llegar a un tercio de milla de cada orilla, ganando, sin embargo, muy poco. Entonces tratamos si, limitando nuestras bordadas a cualquiera de las costas, podríamos encontrar una marea con la cual beneficiarnos; y con ese propósito, comencé por la costa norte, aunque estábamos más expuestos a las violentas ráfagas que venían de los valles, pensé que era conveniente para evitar las corrientes de entrada a los varios canales que intersectan la costa fueguina; pero habiendo hecho varias bordadas sin ninguna ventaja perceptible, probamos la costa sur, con tal éxito que me indujo a mantenerme en ese lado durante el resto del día.

“Y aquí permítaseme comentar, que como consecuencia de los vientos del oeste que soplan a través de la parte occidental del Estrecho de Magallanes, con casi la constancia de los vientos alisisos (con respecto a la dirección, no a la fuerza); se establece una corriente hacia el este, normalmente a una razón de un nudo y tres cuartos en la hora, y será encontrada a medio canal. Las mareas ejercen apenas alguna influencia, excepto cerca de cualquiera de las dos costas; y a veces parecen tirar, hacia arriba en un lado del Estrecho, y hacia abajo en el otro: el momento de la marea generalmente es mostrado por un escarceo. (Mientras la “corriente” corre hacia el este por muchos días a medio canal, o a lo largo de una orilla, frecuentemente sucede que la “corriente de marea” tira en una dirección contraria, a lo largo de cada lado del Estrecho, o que sigue sólo en la orilla opuesta a la bañada por la “corriente”. R.F.).

“Fuertes ráfagas en el cabo Froward repetidas veces nos obligaron a aferrar todo. Durante el día su llegada es anunciada a tiempo para tomar las precauciones necesarias, pues se riza y se cubre de espuma la superficie del agua, y llevando una nube de espuma delante de ellas.

“Por fin doblamos el cabo Froward. Este cabo (llamado por los españoles El morro de Santa Agueda), el punto más meridional de toda América, es un marcado promontorio, compuesto de roca oscura color pizarra; Su cara exterior es casi perpendicular, y viniendo del este o del oeste, se “presenta” como una escarpada colina con su cima redondeada (Morro).

“Bougainville señala, que ''el cabo Froward ha sido siempre muy temido por los navegantes (Viaje alrededor del mundo 1767) que lo doblan para obtener un fondeadero en cabo Holland, ciertamente al “Beagle” le costó una lucha de dieciseis horas como jamás había visto: hicimos treinta y un bordadas, las cuales, con las ráfagas, nos mantuvieron constantemente en alerta, y apenas le permitió a la tripulación sacar sus manos de las jarcias durante todo el día. Pero que eso inspire a un navegante “temor” no lo puedo decir, ya que la costa por ambos lados es completramente limpia, y un velero puede trabajar de orilla a orilla.”

Desde el cabo Holland, el “Beagle”continuó a puerto Gallant y durante su estancia ahí, el Sr. Bowen subió al monte De la Cruz. En la cima encontró algunos restos de una botella de vidrio, y un rollo de papeles, los cuales demostraron ser los memoriales que establecían que habían sido dejados por don Antonio de Córdova, y una copia de un documento que anteriormente había sido depositado ahí por M. de Bougainville. Con estos legajos se encontró una moneda española de dos reales de Carlos III, que había sido doblada para permitir que fuese puesta dentro de la botella. Con bastante dificultad algunos de los escritos pudieron ser descifrados, ya que los legajos, habiendo sido doblados, estaban rotos, y las palabras desfiguradas en los pliegues, y en los bordes.

El memorial de Bougainville estaba en latín. El de Córdova, además de un documento en latin, estaba acompañado por un relato de su viaje, escrito en cuatro idiomas, español, francés, italiano, e inglés. La parte legible del primero era lo siguiente:

Viatori Benevolo salus........
........ que a periculose admodum naviga......
........ Brasilie Bonarve et insularum..........
............................................
.......... incertis freti Magellanici portubus....
...................... historia astronomia....
.... Boug..................................
.... Boug ....Duclos et de la Giranda 2 navium..
..............Primaris
.... Comerson....Doct med naturalista Regio
accu....m. Veron astronomo de Romainville hidrographio
.......... a rege Christianissimo demandans
.......... Landais Lavan Fontaine navium
Loco tenentibus at Vexillariis........
........itineris locus DD Dervi Lemoyne....
............ Riouffe voluntariis.
................ vives..........scriba
Anno MDCCLXVI.


La dedicatoria en latín de Córdova era como sigue:



Benevolo Navigatori
Salutem
Anno Domini MDCCLXXXVIII Vir celeberrimus
DD Antonius de Cordova Laso de Vega navibus duabus (quarum nomina SS Casilda et Eulalia erant ad scrutamen Magellanici freti subsequendum unâque littorum, portuum aliorumque notabilium .................... iter iterum fecit.
.... e Gadibus classis tertio nonas Octobris habenas immittit quarto idus ejusdem Nova ...... vidit



A Boreali ad Austra........miserium postridie Kalendæ Novembris emigravit.
Decimo quarto Kalendas Januarii Patagonicis recognitis litoribus ad ostium appulit freti.
Tandem ingentibus periculis et horroribus tam in mari quam in freto magnanime et constanter superatis et omnibus portubus atque navium fundamentis utriusque litoris correctissime cognitis ad hunc portum Divini Jose vel Galante septimo idu Januarii pervenit ubi ad perpetuam rei memoriam in monte sanctissimæ crucis hoc monumentum reliquit.
Tertio et excelso Carolo regnante potente
Regali jussu facta fuere suo.
Colocatum fuit nono Kalendæ Februarii Anno MDCCLXXXIX.



Junto con una lista de los oficiales de ambos veleros, y adjuntando un memorial del antiguo viaje de Córdova en la “Santa María de la Cabeza”. Los originales están colocados en el Museo Británico, pero antes de que dejáramos finalmente el Estrecho, se hicieron copias en papel vitela, y se depositaron en el mismo lugar.



El “Beagle” dejó puerto Gallant con viento favorable, que lo llevó a puerto Swallow. (Uno de la familia con plumas, que un naturalista no esperaría encontrar aquí, un colibrí, fue derribado de un disparo cerca de la playa por un joven guardiamarina – Stokes MS.)



El próximo lugar de detención fue caleta Marian, un fondeadero muy estrecho en la costa norte, unas pocas millas más allá de Playa Parda. Continuando entonces hacia el oeste, con el viento “en sus dientes”, y con tan mal tiempo, que podían ver la tierra de cualquiera de las costas a intervalos, y al fallar en su intento de encontrar un fondeadero en cabo Upright, el “Beagle” se mantuvo navegando durante una obscura noche llena de dificultades.



En ese mismo lugar, el comodoro Byron, con el “Dolphin” y el “Tamar”, pasó una inquieta noche, que él describió así:
“Nuestra situación era ahora muy alarmante; la tormenta aumentaba cada minuto, el tiempo estaba extremadamente brumoso, y la lluvia parecía amenazar otro diluvio; teníamos una larga y obscura noche por delante, estábamos en un canal estrecho, y rodeados por todos lados de rocas y rompientes.” (Colección de viajes de Hawkesworth, vol. I p. 76). El “Beagle” estuvo bajo similares circunstancias, pero como la costa se sabía que era alta y nítida, su peligro no fue considerado tan iminente.



Al este del cabo Upright la mar estaba en calma; pero entre este y el cabo Providencia había una mar gruesa causada por la gran mar de fondo del Pacífico. El comandante Stokes encontró un fondeadero la siguiente noche en una bahía en el cabo Tamar y la tarde siguiente estuvo muy cerca de llegar a otro bajo el cabo Phillip; pero la obscuridad de una noche lluviosa, y los fuertes chubascos, le impidieron intentar fondear en un lugar desconocido, y el único recurso fue dirigirse a refugiarse bajo el cabo Tamar, donde había pasado la noche anterior. Incluso esto fue un intento peligroso; apenas podían distinguir algunas partes de la tierras altas, y como navegaban con el viento por la popa no podían evitar que el buque fuese demasiado rápido. Mientras navegaban a unos ocho nudos, un violento choque – levantó la proa – escoró – y metió la proa hacia abajo – electrificando a todo el mundo; pero antes de que pudieran investigar alrededor, ella navegaba viento en popa, como antes, habiendo saltado limpiamente por encima de la roca.



Después descubrieron que gran parte de las trincas y la falsa quilla habían sido sacadas de golpe. El informe del comandante Stokes de ese día de trabajo dará una idea de las dificultades que la tripulación del “Beagle” enfrentó al navegar en el Estrecho.



“Enero 31. La tripulación se levantó con la luz del día para levar ancla, pero las fuertes ráfagas que venían de las tierras altas del puerto, hacían muy peligroso virar, hasta que una calma temporal nos permitió hacernos a la vela, y volvimos a hacer bordadas hacia el oeste, contra un viento encontrado, mucha lluvia y fuertes chubascos, y un turbulento mar de través.



“Los chubascos se hicieron más frecuentes y más violentos después del mediodía, pero ellos daban, con la luz del día, suficiente advertencia, eran precedidos por nubes obscuras que se expandían gradualmente hacia arriba, hasta que su linea superior alcanzaba una altura cercana a los cincuenta grados; entonces venía una fuerte lluvia, y quizás granizos, seguidos inmediatamente después por la tormenta con toda su furia, la que generalmente duraba quince a veinte minutos.



“Ciñendo a barlovento con frecuencia prolongábamos nuestras bordadas hacia la costa sur (no exento de riesgo considerando el estado del tiempo), con la esperanza de llegar a bahía Tuesday, o a algún fondeadero por allí cerca, pero la costa estaba cubierta por una neblina tan espesa, que ni un solo punto, mencionado en los informes de los navegantes anteriores, pudo ser reconocido.



“Cerca de las siete de la tarde fuimos atacados por una tormenta, que estalló sobre la nave con una furia lejos muy superior a todas las precedentes; si no hubiésemos aferrado las velas, ni un palo habría quedado en pie, o ella se habría volcado. Así las cosas, la tormenta escoró tanto la nave sobre su costado, que el bote que estaba colgando en la banda de estribor fue barrido por el mar. Entonces viré hacia la costa norte, para buscar un fondeadero a sotavento de un cabo, cerca de tres leguas al noroeste del cabo Tamar. Al acercanos a él, el tiempo se hizo tan cerrado que a veces apenas podíamos ver dos esloras por la proa.



“Estas circunstancias no estaban en favor de explorar bahías desconocidas, y pensar en la posibilidad de pasar la noche, navegando en el Estrecho, habría sido un riesgo desesperado; por lo tanto me vi obligado a ceder la ventaja duramente ganada del trabajo de ese día, y dirigirme al fondeadero desde el cual habíamos partido en la mañana.



“Era casi de noche antes de que llegáramos, y al entrar, deseoso de mantenerme bien hacia barlovento, con el fin de obtener el mejor fondeadero, fui muy cerca de los islotes exteriores, y el buque chocó violentamente en una saliente rocosa. Sin embargo, no se detuvo ni un momento, y pronto fondeamos con seguridad”.



Al encontrar tantos peligros y dificultades, proseguir con el buque, sin saber primero donde dirigirse a fondear, el comandante Stokes dejó la nave en bahía Tamar, a cargo del teniente Skyring; y acompañado del Sr. Flinn, partió en el cúter, con provisiones para una semana, a levantar la costa sur.



En un crucero muy arduo y peligroso, descubrió varios fondeaderos bien protegidos, pero experimentó un “fuerte vendaval constante del ONO, con tiempo brumoso y una incesante lluvia torrencial”.



El comandante Stokes dice: “Nuestra incomodidad en un bote abierto era muy grande, ya que todos estábamos constantemente calados hasta los huesos. Tratando de contornear varios cabos, fuimos obligados varias veces ( después de horas de una lucha inútil contra el mar y el viento) de desistir de un trabajo estéril, y buscar refugio en la caleta más cercana que estuviese a sotavento”.



Desde puerto Misericordia, el comandante Stokes intentó cruzar el Estrecho, en su regreso al “Beagle”; pero la mar estaba demasiada alta, y le obligó posponer su arriesgado intento hasta que el tiempo fuera más favorable.



Durante su ausencia, el teniente Skyring, levantó bahía Tamar y sus alrededores.



Nuevamente el “Beagle” levó, y se esforzó por avanzar hacia el oeste, pero por tercera vez se vio obligado a regresar a bahía Tamar. Después de un nuevo retraso por fin llegó a bahía Sholl, en el cabo Phillip, donde permaneció un día, para hacer un plano del fondeadero, y tomar observaciones para fijar su posición.



El “Beagle” llegó a puerto Misericordia (Puerto Separación de Wallis y Carteret) después de una travesía de treinta días desde puerto del Hambre, el 15, habiendo visitado en su navegación varios fondeaderos en la costa sur. (Fue aquí donde el comodoro Wallis y el comandante Carteret se separaron, el “Dolphin” yendo alrededor del mundo; el “Swallow” regresando a Inglaterra. Como Sarmiento lo nombró puerto de la Misericordia en una fecha anterior, sin duda, este debe ser conservado). Pero si su avance había sido pesado y atormentado, los informes de Byron, Wallis, Carteret y Bougainville muestran que ellos encontraron más dificultades, y les tomó más tiempo, su travesía desde puerto del Hambre hasta la entrada occidental del Estrecho. Byron, en 1764, fue de cuarenta y dos días; Wallis, en 1766, ochenta y dos, Carteret, el mismo año, ochenta y cuatro; y Bougainville, en 1768, cuarenta días, en hacer esta corta distancia.



Estuvieron cinco días en ese lugar, durante los cuales se comunicaron con unos pocos nativos, de quienes el comandante Stokes comenta: “Como se podría esperar por el cruel clima en que habitan, la apariencia personal de estos indios no muestra, tanto en los hombres como en las mujeres, ningún indicio de actividad o energía. Su altura media es de cinco pies y cinco pulgadas; su aspecto físico es enjuto; las extremidades están mal conformadas, y deficientes en musculatura; el pelo de su cabeza es negro, liso y grueso; sus barbas, bigotes y cejas, por supuesto muy escasos, han sido cuidadosamente arrancados; su frente es pequeña, la nariz es más bien prominente, con fosas nasales dilatadas; sus ojos son obscuros, y de tamaño moderado; la boca es grande, y el labio inferior grueso; sus dientes son pequeños y normales, pero de mal color. Tienen un color cobrizo sucio, su rostro es pálido y desprovisto de expresión. Para la protección contra los rigores de estas inclementes regiones, su vestimenta sirve míseramente; siendo solo la piel de un lobo de mar, o de una nutria, puesta sobre los hombros, con la parte peluda hacia el exterior.



“Las dos esquinas superiores de esta piel están unidas a través del pecho con una tira de tendón o piel, y una correa similar la asegura alrededor de la cintura; las faldas son llevadas por delante como una protección parcial. Su peine es una parte de la mandíbula de un delfín, y ungen su cabello con grasa de lobo de mar o de ballena; para quitar la barba o las cejas emplean un tipo muy primitivo de pinzas, específicamente, dos conchas de choros. Embadurnan sus cuerpos con una tierra roja, como el almagre empleado en Inglaterra para marcar las ovejas. Las mujeres, y los niños, llevan collares, formados por pequeñas conchas, cuidadosamente unidas por un trenzado de las finas fibras de los intestinos del lobo de mar.



“Las extensiones que habitan están completamente desprovistas de animales cuadrúpedos; no han domesticado los gansos y patos que allí abundan; de la labranza son totalmente ignorantes; y los únicos productos vegetales que comen son unas pocas bayas silvestres y un tipo de alga marina: Su alimento principal consiste en choros, lapas, y huevos de mar, y, tan a menudo como sea posible, lobo de mar, nutrias, delfines, y ballenas: frecuentemente encontramos en sus viviendas abandonadas huesos de estos animales, que habían sido sometidos a la acción del fuego.



“Viajeros anteriores han observado la avidez con la cual tragan los desagradables desperdicios, tales como piel de lobo en estado de descomposición, lobo de mar rancio, y grasa de ballena, etc. Cuando estuvieron a bordo de mi buque, comían y bebían vorazmente todo lo que se les ofrecía, carne salada, cerdo salado, carne conservada, budín, sopa de guisantes, té, café, vino, o aguardiente – nada les parecía mal. Un pequeño ejemplo, sin embargo, ocurrió, lo cual mostrará lo que prefieren. Cuando desembarcaban, se les dio un pedazo de sebo, del empleado para colocar en la plomada del escandallo, y lo recibieron con particular placer. Fue escrupulosamente dividido, y puesto en los pequeños cestos que hacen de junco, para comerlos después, como la mejor golosina.



“A sus viviendas se les ha dado, en varios libros de viajes, los nombres de cabañas, wigwams, etc. ; pero, respecto a su estructura, creo que el viejo término dado a ellas por Sir John Narborough expresa la mejor idea para un lector inglés, él los llamó “pérgolas”. Están formadas por un par de docenas de ramas, puntiagudas en su extremo más grande, y clavadas en el suelo en un espacio circular o elíptico, de unos diez a seis pies; los extremos superiores se juntan y se aseguran con atadores de hierba, sobre la cual se lanzan una paja de hierba y pieles de lobo de mar, se ha dejado un agujero en el costado como puerta, y otro en la parte superior para la salida del humo. Una fogata es mantenida encendida dentro, sobre la cual los nativos están permanentemente encogidos, por eso, cuando son vistos a bordo, en lugar de parecer ser salvajes resistentes, habituados a la humedad y al frío, uno ve criaturas miserables tiritando con cada brisa. Nunca había conocido gente tan sensible al frío como estos indios fueguinos.



“No tuvimos oportunidad de descubrir la naturaleza de sus lazos familiares; su manera hacia los niños es cariñosa y mimosa. A menudo fui testigo de la ternura con que trataban de calmar el susto que nuestra presencia al comienzo les ocasionaba, y el placer que mostraban cuando les otorgábamos a los más pequeños cualquier baratija insignificante. Parece que permiten a sus niños poseer bienes, y le consultan sus pequeños caprichos y deseos, respecto a su traspaso; estando atracados en un bote a una de sus canoas, negociando sobre varios artículos, lanzas, flechas, canastos, etc. , me sentí atraído por un perro que estaba echado cerca de una de las mujeres, y ofrecí un precio por él, uno de mis marineros, suponiendo que el trato había concluido, puso sus manos en el perro, ante lo cual la mujer opuso un grito deprimente; por lo que ante el rechazo, aumenté mi oferta. Rechazó desprenderse de él, pero me daría otros dos. Al fin, mis ofertas fueron tan considerables, que ella llamó a un niño que estaba en la tupida selva ( a la que había huido ante nuestra aproximación), quien era el dueño del perro. Se le mostraron los productos, y toda su gente lo animó a venderlo, pero el pequeño pilluelo no lo consentió. Ofreció darme su collar, y lo que recibió a cambio lo guardó en su pequeño canasto.



“Estas personas no muestran ningún agradecimiento por nuestros regalos. Cualquier cosa que se les ofrece la tratan de agarrar, dudando de obtenerla, aunque está tendida hacia ellos; y cuando la tienen en sus manos, inmediatamente la guardan, como si temieran que se les podría pedir su devolución.



“Una vez traté de descubrir si preferían algún color en particular, y con ese propósito les ofrecí tres collares de cuentas, negras, blancas y rojas; agarraron las tres, en su forma habitual, sin mostrar nunguna preferencia.



“Su pronunciación es áspera y gutural; no más de dos palabras, cuyo significado fue comprobado del todo, podríamos mostrar, “sherroo”, un buque, bote, o canoa, y “peteet”, un niño. Tienen una aptitud maravillosa para imitar los sonidos de las lenguas extrañas: ya sea una frase, aún de una docena de palabras, pronunciada claramente, y ellos la repetirán con la mayor precisión.



“Los únicos artículos para comerciar, además de los implementos y armas que emplean, son las pieles de lobo y de nurtia; debería decir que la cantidad de peletería que se puede obtener de ellos sería insignificante como para completar la carga de un velero lobero”.



Durante los días siguientes el “Beagle” fue utilizado en la más expuesta, menos conocida, y más peligrosa parte del Estrecho. Afortunadamente, fue favorecido por el tiempo, y llevó a cabo su objetivo sin lesiones o pérdidas, pero nunca reflexiono sobre esta parte del servicio sin un tributo interior de admiración a la audacia, habilidad y marinería del comandante Stokes, el teniente Skyring, y el Sr. Flinn.



En su diario el comandante Stokes dice:



“La incesante lluvia y las densas nubes me impidieron terminar, hasta hoy día (19), las observaciones necesarias para hacer a una de las islas, en las afueras de puerto Misericordia, el extremo sur de mi base, la conección trigonométrica de las costas e islas cercanas a la entrada occidental de este azotado Estrecho.



“El 20, levamos y navegamos hacia barlovento, con la intención de buscar un fondeadero en la costa norte, donde pudiese desembarcar y fijar el extremo norte de nuestra linea de base. En la tarde fondeamos en un archipiélago de islas, el peligro real de cuya vecindad se incrementó mucho al ver las rocas, esparcidas en todas direcciones, y las grande rompientes, causadas sin duda por arrecifes bajo el agua. Observamos que la mayoría de las islas más grandes tenían pequeños bancos de arena en su lado este, en los cuales se podían encontrar fondeaderos; pero para el uso normal de la navegación, este conjunto de islas (llamado islas Scilly) basta con señalar que debe ser evitado. El número y contigüidad de las rocas, tanto bajo como sobre el agua, lo hacen un lugar muy peligroso para cualquier velero con aparejo en cruz: solamente la particular tarea que se me ordenó me indujo a aventurarme entre ellas. Las naves con aparejo de velas latinas pueden trabajar con mucho menos riesgo; y como estas rocas son frecuentadas por un inmenso número de lobos con piel, una temporada o dos podrían ser rentables para una velero así aparejado.



“Esta mañana (21) desembarqué en una de las islas más grandes, con el teniente Skyring, y habiendo subido a un promontorio (Monte Observación) con los instrumentos necesarios, establecimos su posición, y la hicimos el extremo norte de nuestra base.



“Fue un hermoso, y claro día; las islas de Dirección (o Evangelistas), así como todos los puntos de importancia en la costa adyascente, se vieron claramente durante varias horas.



“Mi siguiente objetivo era establecer la posición del cabo Victoria, y averiguar si podía encontrar un fondeadero en sus alrededores. En consecuencia, la mañana siguiente (22) viramos temprano, y después de lograr salir de este laberinto (no sin mucha dificultad y peligro), ceñimos hacia el oeste. Violentos chubascos, una mar gruesa, y tiempo brumoso, nos llegó hacia el mediodía, lo que me obligó escoger lo menos malo, y me dirigí a puerto Misericordia.



“El día 23, salimos otra vez, y ceñimos hacia las islas Dirección, donde pasamos la noche navegando.



“La mañana del 24 estuvo muy buena, y el viento moderado. Dejé al “Beagle” para que sondara alrededor de las islas Dirección, y yo partí en mi bote, con provisiones para dos días, hacia el cabo Victoria. Mientras remábamos a lo largo de esas rocosas costas, como enhebrando el laberinto de islotes que las circundan, vimos un gran número de ballenas negras, y las rocas estaban totalmente cubiertas con lobos y gansos.



“Después de bogar, en serio, por seis horas, desembarcamos en el cabo Victoria, el límite noroccidental del estrecho de Magallanes, y allí, con un sextante, un horizonte artificial, y un cronómetro, determinamos la posición de este notable cabo. Desde un promontorio, ochocientos pies sobre el mar, tuvimos una imponente vista de las costas adyascentes, así como del enorme Pacífico, que nos permitió rectificar antiguos errores importantes. A última hora de la tarde tuvimos la suerte de llegar a salvo nuevamente a bordo, considerando el clima normal aquí y la mar gruesa, fue un éxito inesperado. Esa noche la pasamos navegando en el Pacífico, y a la mañana siguiente comenzamos nuestro regreso a puerto del Hambre.



“Cuando estábamos a cuatro o cinco millas del cabo Pilar, y al oeste de él, encontramos una corriente que tiraba hacia el sur, a unos dos nudos por hora. Al acercarnos al cabo el viento cesó, y el “Beagle” fue llevado rápidamente hacia aquellas peligrosas rocas, llamadas los Apóstoles. Afortunadamente, una brisa dominante se levantó, y logramos salir de esta dificultad. Mientras pasábamos el cabo Pilar, desembarqué en una caleta cercana a él, y determiné su posición. Al atardecer habíamos llegado cerca de puerto Misericordia, y habiendo calma, remolcamos el buque hacia adentro, con nuestros botes, hasta dejar caer el ancla en el punto apropiado.



“El día 26, fuimos a bahía Tuesday, y el 27 cruzamos el Estrecho, y fondeamos en el cabo Parker. Pocas veces había visto un mar tan alto, atravesado e irregular como el que tuvimos que navegar ese día, cerca de ese desconocido conjunto de rocas, llamado por Narborough, “Westminster Hall”. La costa alrededor de nuestro inseguro fondeadero era tan árida y de aspecto sombrío como cualquiera otra de esta parte de esta tierra, como dijo, el antiguo navegante antes mencionado, es “una tierra tan desolada al contemplarla.”



“Al día siguiente (1 de marzo) fuimos hasta el cabo Upright, y permanecimos ahí hasta el 3, reuniendo los datos necesarios para nuestro levantamiento.



“Mientras nos dirigíamos hacia una bahía llamada Playa Parda (el 3), un bote a la vela fue visto dirigiéndose hacia nosotros desde la costa sur. Disparé varias armas, para mostrales nuestra posición, antes que nos tapara la tierra, y pronto después de fondear un bote ballenero se nos atracó al costado, con el segundo oficial y cinco hombres pertenecientes al velero lobero “Prince of Saxe Cobourg.”



“Deseoso de no perder un momento en corrar en ayuda de nuestros compatriotas náufragos, navegamos el día siguiente a puerto Gallant, y de allí continué con dos botes de diez bogas (el 5) a través del canal Bárbara, y la tarde siguiente llegamos a puerto Furia.”



Habiendo ya dado un corto relato de la pérdida del “Saxe Cobourg, y del rescate de su tripulación por el comandante Stokes, no voy a repetir la historia mediante la extracción de más de su diario.



El Sr: Graves regresó de su crucero en el “Hope” el 17, después de sufrir mucho por el tiempo tormentoso e incesante lluvia, pero habiendo hecho el levantamiento de las ensenadas en las tierras al oeste del canal Magdalena hasta tan lejos como el Pan de Azúcar, en el extremo oeste del seno Lyell, donde encontró entradas con mucho fondo, que no proporcionan fondeaderos que sirvan a la navegación.



Habiendo llegado el tiempo de nuestro regreso a Montevideo, nos preparamos para zarpar, y entretanto fui hacia el norte, en el “Hope”, para levantar la costa entre puerto del Hambre e isla Isabel, incluyendo bahía Shoal.



En el fondo de bahía Shoal fuimos detenidos por bancos de arena de cinco pies, de modo que nos vimos obligados a salir hasta donde pudimos fondear en más de dos brazas. Durante la noche el viento cambió al NE soplando directamente hacia nosotros lo que nos obligó virar, y trasladarnos hasta el extremo SO de la isla Isabel a una bahía cercana a dicha costa. Desde la cima del punto SO después tomé demarcaciones, entre las más importantes la del monte Sarmiento que demarcó S 1°,5 O (verdadero). Su distancia debe haber sido (por observaciones recientes) noventa y cuatro millas.



La isla Isabel es una franja de tierra larga y baja, paralela a las orillas del Estrecho, que aquí tiene dirección NNE. En comparación con la tierra hacia el sur es muy baja, ninguna parte tiene más de doscientos a trescientos pies de altura. Se compone de estrechas cordilleras de cerros, que se extienden en cadenas en la dirección de su largo, sobre las cuales se han esparcido rodados de las varias rocas, que se habían visto antes formando las playas de guijarros de punta Santa María y punta Santa Ana; dos tipos de rocas, jade y hornblenda, son las más comunes. Los valles que separan las cadenas de cerros están bien provistas de pasto, y en muchos lugares se observan huecos, que debieron contener agua dulce, pero que ahora están completamente secos. Estos puntos están marcados por una corteza blanca, causada al parecer por la calidad salina del terreno.



Gansos y patos silvestres, el red-bill (Hoematopus), parecen ser los únicos habitantes de esta isla. Los indios a veces la visitan, porque en el extremo SO encontramos los restos de wigwams y conchas de mariscos. Tal vez es un lugar donde se comunican con los nativos patagónicos, o puede ser muy frecuentado en la temporado de los huevos.



Fondeamos en bahía Laredo, y visitamos un lago que está cerca de una milla de la playa, que figura en la carta con el nombre de Laguna de los Patos (actual laguna Cabo Negro): Es muy extensa y cubierta con grandes bandadas de gaviotas, patos y ánades. Le disparamos a un ánade, que es un ave de las más bellas, y de una especie que no habíamos visto antes.



Aquí el territorio comienza a ser cubierto con hayas de hoja caducas (Fagus antarctica), mal desarrollados en su crecimiento, pero muy convenientes como combustible. Al pensar en los árboles más resistentes de esta región, nunca se encuentran de gran tamaño, los árboles más grandes son las hayas de hoja perenne (Fagus betuloides). También encontramos varias plantas pequeñas comunes en cabo Gregorio. Uno puede considerar cabo Negro como la frontera de dos países, completamente diferente uno del otro por su apariencia y estructura geológica, como también por el clima, esta última diferencia puede ser atribuida a la desemejanza de sus producciones botánicas.



Por lo tanto regresamos a puerto del Hambre. Durante nuestra ausencia, un bote del “Beagle” había cruzado el Estrecho a bahía Lomas, donde un grupo de nativos había encendido fuegos de invitación.



El tiempo, desde que el sol cruzó el ecuador, había estado inusualmente bueno; y, exceptuando un día de lluvia torrencial, el cielo era tan claro ( el viento era moderado del NE ) que todas las alturas estaban expuestas a nuestra vista, y entre ellas sobresalía el monte Sarmiento.



Nuestros preparativos para zarpar estaban casi completos, el “Hope” fue desmantelado e izado, y nuestro campamento temporal en tierra abandonado. Este consistía en una carpa y una tienda de campaña grande. En la primera estaba el Sr. Harrison (oficial ayudante), quien tenía a su cargo al personal, y los instrumentos meteorológicos: la tienda de campaña alojaba a la tripulación. Cerca de ellos estaban el observatorio, un aserradero, y un lugar para cocinar, donde un fuego alegre estaba siempre llameando. La carpintería, el banco de los toneles, la fragua del armero, cada uno tenía su lugar, así como el taller de cabullería, cerca del cual nuestro aparejo fue recorrido, y las velas fueron reparadas. Después de las horas de trabajo la partida de tierra vagaba cerca del bosque con armas de fuego, o en la baja recogían mariscos, con lo cual generalmente tenían comida fresca dos veces, pero siempre una vez, por semana. Mientras tanto, el buque fue mantenido cuidadosamente limpio y en orden. Los oficiales que no estaban en trabajos activos hacían excursiones con sus armas; y aunque la vecindad inmediata a nuestras carpas era reducida en espacio, una caminata de unas cuantas millas era siempre recompensado como un deporte suficiente. Cuando se presentaba la oportunidad, a algunos de los hombres se les permitía entretenerse en tierra con sus armas, por lo cual varios se habían provisto de pólvora y tiros. Todos los domingos, después del oficio divino, que se llevó a cabo lo más regularmente posible bajo nuestras circunstancias, los tripulantes que deseaban bajar a tierra eran autorizados. En una ocasión, sin embargo, estuvimos cerca de sufrir por esta indulgencia, que era favorable para la salud de la gente, y pocas veces abusada: por uno de ellos que hizo un fuego a poca distancia de las carpas, las llamas se esparcieron, y el esfuerzo de toda la tripulacion, por tres horas, apenas impidió que llegara a las carpas. En otra ocasión, dos hombres salieron en una excursión de caza, intentaron cruzar el río Sedger, no habían órdenes particulares en contra de hacerlo, ya que este proceder fue apenas contemplado. Llegaron a un banco cercano a la desembocadura, y buscando un lugar vadeable sin éxito, entonces lanzaron un tronco de madera, y se sentaron a caballo, sin proveerse de un palo o remo, se separaron de la orilla, esperando que lo cruzarían; pero, al llegar al medio del arroyo, fueron muy pronto llevados, por la corriente, fuera del río y dentro de la bahía. Uno de los hombres, Gilly, viendo que el tronco flotaba alejándose con la marea baja, se zambulló, y alcanzó la costa sur del río, en un estado muy agotado; el otro, Rix, no sabía nadar, se mantuvo en su lugar, y fue llevado hacia el mar en un viaje que pudo haber sido fatal, si no hubiese sido visto desde el buque, y salvado por un bote.



Antes de dejar puerto del Hambre arrastramos uno de nuestros botes a tierra, y lo dejamos (como pensamos) escondido en forma segura entre los árboles.



Estando ahora listos para zarpar, y sólo esperando por el viento, los oficiales de ambas naves, veintisiete en total, cenaron juntos en la playa.

miércoles, 27 de julio de 2011

Volumen I Capítulo IV (Febrero 1827) Páginas 48 a 64

Ciervos vistos – El “Hope” navega nuevamente – Bahía del Aguila – Canal Gabriel - “Williwaws” - Puerto Cascada – Nativos – Seno Almirantazgo – Canal Gabriel – Canal Magdalena – El “Hope” regresa a puerto del Hambre – San Antonio – Bahía Lomas – Pérdida de una embarcación – El oficial de navegación y dos marineros ahogados.

Del informe del Sr. Graves de la aparición del canal al SE de isla Dawson, decidí dirigirme allí tan pronto como el “Hope” estuviese listo, pues requería alguna modificación, y reparaciones.

Habiéndose visto un ciervo en punta Santa Ana, el Sr. Tarn desembarcó, muy temprano en la mañana, ansioso por la presa, pero solo pudo efectuar un disparo inútil. En otro momento unos pocos ciervos fueron vistos por nuestra gente, cerca del río; pero en lugar de regresar con la información, dispararon sus armas, cargadas sólo con perdigones, lo que sirvió para ahuyentarlos. Como el animal era nuevo para nosotros, y teníamos prueba que era igualmente nuevo para la ciencia, estaba ansioso de obtener un espécimen, pero nunca más tuve una oportunidad. Aquí Sarmiento vio el único ciervo que él menciona en su diario.

La mañana del 16 aparentemente más favorable, zarpé con el “Hope”. Los cerros estaban cubiertos con nieve que había caído la noche anterior, el termómetro había estado en el punto de congelamiento, y mucho hielo se había formado; pero el aspecto del tiempo nos engañó: apenas habíamos dejado la nave, cuando comenzó a llover, y en el momento que llegamos a cabo San Isidro el viento había arreciado a temporal, lo que me obligó fondear en bahía del Águila.

Desembarcamos, una carpa fue levantada, e hicimos un fuego llameante para secar nuestras ropas. Por la noche el temporal sopló con gran violencia del SO, y el “Hope”, en su fondeadero, borneaba por los chubascos, de vez en cuando se escoraba llegando a sumergir la borda bajo el agua.

Al día siguiente (17), aunque la lluvia había cesado, el viento seguía siendo fuerte. Hacia la noche disminuyó, y temprano el 18 dejamos bahía del Águila con un fresca brisa del ENE., y pasamos cerca de puerto San Antonio; pero entonces fuimos retrasados por las calmas y los chubascos. Al mediodía se levantó un viento del oeste, y continuamos hacia el canal Grabiel, con el viento por la popa, y la corriente a nuestro favor. Puerto Cascada nos protegió por la noche.

La formación aparentemente artificial de este canal es muy notable. Parece haber sido antiguamente un valle entre dos cadenas de montañas, en la dirección de las capas (de lo cual hay frecuentes ejemplos, como el valle en la cordillera de Lomas, frente al cabo San Isidro, el valle de bahía Valdez, y uno inmediatamente al norte del mismo canal, además de muchos otros), y que en algún período remoto el mar habría forzado su paso a través, efectuando una comunicación entre el Estrecho y las aguas de detrás de isla Dawson; como si una de esas grandes “olas del norte”, de las cuales una vez habíamos oido tanto, hubiese entrado por el ancho Estrecho (el paralelismo de cuyas costas es también notable) desde el noroeste, hacia el cabo Froward y al encontrarse enfrentada por la cordillera de Lomas, había forzado un paso a través del valle hasta ser detenida por las montañas de bahía Filton. Habiendo imaginado esa ola en movimiento, el lector puede imaginársela unida con otra enorme ola del norte desde cabo San Valentín, atacando los cerros y llevándose todo a su paso, hasta monte Hope, al fondo del seno Almirantazgo, donde su avance es detenido. Ya he notado la extraordinariamente recta dirección que tiene este raro canal. En ambas extremidades el ancho puede ser de dos a tres millas, pero las orillas gradualmente se aproximan una a otra en la mitad del camino, y la costa de cada lado se eleva abruptamente a una altura de mil quinientos pies. La costa sur, protegida de los fuertes vientos predominantes, está densamente cubierta de árboles y exuberantes matorrales, que, por ser principalmente de hoja perenne, mejoran el paisaje en gran medida, sobre todo en la temporada de invierno: la costa norte es también muy boscosa por cerca de dos tercios hacia arriba; pero la cumbre es estéril y el contorno muy dentado, como es habitual en las formaciones de pizarra.

En la costa norte nos dimos cuenta de algunos de los efectos extraordinarios de los vientos arremolinados que tan frecuentemente se producen en Tierra del Fuego. Las tripulaciones de los barcos loberos los llaman “williwaws” o “chubascos-huracanados” y son los más violentos. Los temporales del suroeste, que soplán sobre la costa con furia extrema, son reprimidos e impedidos de pasar sobre las tierras altas; cuando, aumentando su potencia, se precipitan violentamente sobre los bordes de los precipicios, se expanden, por asi decirlo, y descendiendo perpendicularmente, destruyen toda cosa movible. La superficie del agua, cuando es golpeada por estas ráfagas, es agitada, hasta quedar cubierta de espuma, la cual es elevada por estos, y vuela delante con furia hasta dispersarse en forma de vapor. Las naves fondeadas al amparo de tierras altas son a veces repentinamente escoradadas peligrosamente, y al momento siguiente recobran su equilibrio, como si nada hubiese ocurrido. Nuevamente un chubasco las golpea, quizás por la otra banda, y se escoran ante la furia: el cable es tensionado, y somete al buque a una sacudida, que hace que se deslice sobre el agua, hasta que nuevamente es detenido por el cable, o llevado hacia atrás por otra ráfaga de viento.

En todos estos fondeaderos, bajo las tierras altas, hay algunas partes más expuestas que otras, por eso debe buscarse aquellos lugares que son menos afectados por estos chubascos, más seguros, o más bien más tranquilos, y ese punto debe ser seleccionado. No creo que las naves así fondeadas estén en peligro si sus amarras a tierra son buenas; pero todo lo que ofrezca tenaz resistencia deberá sufrir la furia de estas ráfagas. En muchas partes de esta tierra, los árboles son arrancados de raíz, o son hechos pedazos por el viento; y en el canal Gabriel los williwaws que entran por sobre la cadena montañosa, que forma la parte sur del canal, descienden, y golpeando contra la base de la orilla opuesta, corren hasta el acantilado, llevándose todo por delante de ellos. No sé de nada que pueda compararse mejor que la huella pelada dejada por uno de estos chubascos con un camino ancho malo. Después de haber hecho tal abertura, el viento que frecuentemente barre a través previene el crecimiento de la vegetación. Masas confusas de árboles arrancados de raíz yacen en el fondo de estas huellas desnudas, y muestran claramente el poder que ha sido empleado.

La orilla sur del canal está formada por la base de esa cadena de colinas, que se extiende, desde el lado este del canal Magdalena, hacia el ESE. Es la parte más alta de Tierra del Fuego, y en ella hay varias montañas notables, además del Sarmiento, la más imponente de todas.

Cerca del extremo este del canal Gabriel está el monte Buckland, un cerro alto parecido a un obelisco, que termina en una nítida punta de aguja, y levantando su cabeza por encima de una masa caótica de “reliquiae diluvianae”, cubierta por nieves eternas, por el derretimiento de las cuales, se ha formado gradualmente, un enorme glaciar en el lado de sotavento, o lado noreste. Este campo helado tiene doce o catorce millas de largo, y se extiende desde cerca del término del canal hasta puerto Cascada, alimentando, en el espacio intermedio, muchas magníficas cascadas, las cuales, por número y altura, no son quizás superadas en un espacio igual, en ninguna parte del mundo. En una extensión de nueve o diez millas, hay sobre ciento cincuenta cascadas, cayendo en el canal desde una altura de mil quinientos a dos mil pies. El recorrido de varias está oculto, primero, por un espacio con árboles, y, cuando han descendido la mitad del camino, estallan a la vista, saltando, por asi decirlo, del bosque. Algunas se unen a medida que caen, y juntas se precipitan al mar, en una nube de espuma, tan variadas, son las formas de estas cascadas, y tan grande el contraste con el follaje oscuro de los árboles, que cubren densamente las laderas de la montaña, que es imposible describir adecuadamente la escena. No he encontrado nada que supere la pintoresca grandeza de esta parte del Estrecho.

Hay varias ensenadas en la costa sur, pero en el lado opuesto no hay refugio hasta llegar a una bahía profunda en la que hay varios islotes, y donde, creo, hay una comunicación con el seno Brenton, pero no entramos en ella.

Puerto Cascada puede ser reconocido facilmente por una gran roca plana desnuda, ubicada en la cumbre de la cabeza este, y por una magnífica cascada formada por la unión de dos torrentes.

Todas las plantas del Estrecho crecen aquí; una fragante Callixene (C. marginata, Lamk.) llena el aire con su olor; y una hermosa flor que no habíamos visto antes, fue encontrada por el Sr. Graves: era colgante, tubular, alrdedor de dos pulgadas de largo (Class. Hexand. Monog. Cal.2. Pet.3) y de un cálido color rosado.

Los árboles son pequeños y mal desarrollados, de las especies de costumbre: Haya y Corteza de Winter. Aquí notamos por primera vez un gran helecho (Este helecho también lo encontramos en la isla de Juan Fernández), que tenía un tallo de dos o tres pies de largo, y cinco o seis pies de diámetro, muy similar a la Zamia de Nueva Holanda. Vimos muy pocas aves y ningún cuadrúpedo. Entre las primeras había un Martín pescador, que en ese entonces era nuevo para nosotros, pero que está distribuido sobre una gran extensión de Sud América, y desde entonces tengo una muestra que dicen fue cazada de un disparo en Río de Janeiro.

Bahía Filton es un estuario profundo, rodeado por todos lados por tierra cortada a pique, que llega a una altura de tres, o cuatro mil pies, y que termina en picos, de las formas más fantásticas, cubiertos por hielo y nieve.

Entre bahía Filton y el cabo Rowlett hay altas montañas, dos de las cuales, más llamativas que el resto, les pusimos monte Sherrad y cerro Curioso.

Punta Card resultó ser de pizarra arcillosa, y creo que la proyección del cabo Rowlett, y las montañas, también son de esta roca.

Mientras cruzábamos el cabo Rowlett (en la parte sur de un profundo seno, que se dirige hacia el SE., que era mi intención examinar), nos encontramos con tres canoas, conteniendo, en conjunto, alrededor de veinticuatro personas, y diez o doce perros. El Sr. Wickham reconoció que ellos eran el mismo grupo que había visitado el “Hope” en su último crucero, el ladrón, sin embargo, no se encontraba entre ellos, temiendo probablemente que podría ser reconocido.

Estos nativos se comportaron muy tranquilamente, excepto una de las mujeres, que quiso llevarse un tazón de hojalata en el cual se le había dado agua, sin la intención de robar. Uno del grupo, que parecía más que medio idiota, escupió en mi cara; pero como aparentemente no lo hizo con ira, y fue reprobado por sus compañeros, su conducta descortés fue perdonada.

Si poseían algunas pieles, las habían dejado, quizás ocultas, cerca de sus wigwams: solo unas pocas flechas, un collar de conchas, y un cintillo para la cebaza, hecho de plumas de avestruz, fueron obtenidas mediante trueque. Sus canoas eran remadas por las mujeres, ocasionalmente ayudadas por los hombres. Una o dos de las primeras eran jóvenes, y de buena presencia, pero el resto eran horribles; y todos estaban mugrientos y muy desagradables, por la cantidad de aceite de lobo marino y grasa de ballena, con la que habían cubierto sus cuerpos. Después que hubimos obtenido, por trueque, todos los artículos que ellos disponían para cambiar, les regalé gorros rojos y medallas, con los cuales estuvieron muy orgullosos; lo último que pidieron fue si podían tener un agujero perforado a través de ellas, con lo cual podrían colgarlas con un cuerda alrededor de sus cuellos. Su asombro era muy nervioso, y estuvieron muy contentos al escuchar el tictac de un reloj; pero creo que estuve muy cerca, aunque sin intención, de darles una gran ofensa, al cortar un mechón de pelo, de la cabeza de uno de los hombres. Asumiendo una mirada grave, él con mucho cuidado envolvió el pelo cortado, y se lo alcanzó a una mujer en la canoa, quien, con mucho cuidado, lo guardó en una cesta, en la cual ella mantenía sus collares y pinturas: el hombre entonces se volvió, pidiéndome, muy seriamente, que guardara las tijeras, y ante mi conformidad le devolvió el buen humor.

Las características de estas personas tenían gran semejanza con las de los indios patagones, pero como personas eran considerablemente más bajos y pequeños. La gente mayor de ambos sexos tenían una figuras horribles; los niños, sin embargo, y los jóvenes, eran bien formados, sobre todo uno de los muchachos que ellos llamaban “Yai-la-ba”, lo cual, creo, significaba un joven, o un guerrero joven. La palabra “Sherroo” era empleada para designar una canoa, o una nave.

Estaban mal vestidos, con mantos hechos de guanaco, o pieles de nutria, pero no tan cuidadosamente confeccionados como los de los Patagones.

Sus cuerpos estaban embadurnados con una mezcla de tierra, carboncillo, ocre rojo, y aceite de lobo; que, junto con la suciedad de sus personas, producían un muy desagradable olor. Algunos estaban pintados parcialmente con tierra arcillosa blanca, otros estaban tiznados de negro con carboncillo; uno de los hombres estaba pintarrajeado completo con un pigmento blanco. Su cabello estaba atado por un cintillo trenzado, hecho quizás con tiras de corteza, y unos pocos lo tenían enroscado; pero a ninguno perecía que fuera un punto de atención, excepto una de las mujeres jóvenes, que repetidamente peinaba y arreglaba el suyo con una mandíbula de delfín con dientes.

Durante una noche muy tranquila, fuimos frecuentemente sobresaltados por el fuerte soplido de ballenas que estaban entre nosotros y la orilla. Habíamos visto varios de estos monstruos el día anterior, pero no habíamos oido su soplido en un lugar tan tranquilo.

Al amanecer, una suave brisa nos llevó hacia una tierra accidentada al SE. de cabo Rowlet, entre su lado este, y la punta saliente de una isla, encontramos una bahía segura y rodeada de tierra, con dos entradas, una por el norte y la otra por el sur del isla Alta. El lado sur del puerto, al que llamé puerto Cooke (después teniente del “Adventure”) es una angosta franja de tierra, que forma la cabeza de una profunda ensenada o seno, llamada bahía Brookes (a solicitud del Sr. Tarn). Parecía que se extiende hasta la base de una cadena de alturas montañosas, y está separada solamente por una estrecho istmo de bahía Harbour.

Apenas llevábamos fondeados media hora cuando vimos llegar al mismo grupo de fueguinos. Los hombres se apresuraron hacia nosotros en sus canoas, tan pronto como las mujeres hubieron desembarcado, para revestir o cubrir con paja los wigwams, que ellas encontraron en pie y encender los fuegos.

Después fuimos a tierra, y, nos sentamos cerca de ellos, comenzando un activo comercio de flechas, pieles, collares y otros productos. Ellos se desprendieron de las pieles que cubrían sus espaldas por unas cuantas cuentas, y estuvieron completamente desnudos toda la tarde.

Entre ellos había un joven, que parecía ser tratado con cierto respeto por los demás, era uno de los más agraciados del grupo, y tenía una sonrisa bondadosa en su rostro durante nuestra entrevista, mientras que el resto frecuentemente manifestaba desagrado, incluso por tonterías. Era, al menos, el jefe de una de las dos familias; su wigwam contenía a su esposa, y sus dos hijos, su,o el padre de su esposa, y madre, asi como el idiota, y su esposa, quien, por su aspecto, debe haber sido Patagona, o bien una mujers de tamaño poco común entre estas personas. La anciana era muy curiosa, y el hombre, en un largo discurso, le describió todas las maravillas que yo le había mostrado a él, solicitándome, de vez en cuando, que le señalara a ella los artículos que él trataba de describir.

Su destreza con la honda es extraordinaria, y, debería creer, que empleada como arma de ataque, debe ser muy formidable. Al preguntarle sobre ello el mismo hombre nos mostró su uso, cogió una piedra, del tamaño de un huevo de paloma y la colocó en la honda, luego dando a entender que iba a golpear con ella la canoa, le dio la espalda a esta, y lanzó la piedra en dirección opuesta, contra el tronco de un árbol, de donde rebotó por sobre su cabeza, y calló cerca de la canoa.

Los he visto golpear un gorro, colocado sobre el tocón de un árbol, a cincuenta o sesenta yardas de distancia, con una piedra de una honda. En el uso del arco y la flecha, también, con ellos matan aves, son muy diestros. La lanza es principalmente para golpear a los delfines y lobos, pero también la utilizan en la guerra; y debido a la lengüeta, debe ser un arma muy eficiente. De cerca, ellos utilizan porras, piedras sostenidas en la mano, dagas cortas de madera, con puntas muy afiladas de cuarzo, vidrio volcánico o sílex.

A la mañana siguiente, viendo que zarpábamos, se nos pusieron al costado y trataron de persuadirnos de que fondeáramos. El joven, de quien he hablado, fue muy pertinaz, y finalmente nos ofreció su esposa, como soborno, quien empleó todos sus encantos imaginarios para conseguir su propuesta.

Aprecian en tal alto grado las cuentas y los botones, que con unos cuantos de cada uno habríamos comprado la canoa, la esposa y los niños, sus perros, y todo el mobiliario. Al vernos avanzar hacia el sur, con la aparente intención de navegar el seno, ellos nos señalaban ir hacia el norte, gritando repetidamente “Sherroo, sherroo”, y apuntando hacia el norte, con lo cual pensamos querían darnos a entender que no había paso en la dirección que estábamos tomando.

Al mediodía, desembarqué para observar la latitud, y tomar demarcaciones del seno hacia el SE, al fondo del cual había un cerro, aparte, como si estuviese en el medio del canal. Su vista sin duda entusiasmó nuestras esperanzas que hubiese un canal, y como habíamos empezado a calcular de que llegaríamos a bahía Nassau en pocos días, le pusimos a este cerro, monte Hope.

El punto en el que desembarcamos era a los pies de una alta montaña cubierta de nieve, que le pusimos monte Seymour; por lo cual, de no haber estado cerca los indios, habría tomado demarcaciones.

Navegamos hacia el sureste, cerca de la costa sur, hasta la noche, cuando desde la cima de algunos cerros, de unos trescientos pies sobre el mar, tuvimos una vista del seno, que casi nos convenció que ello demostraría que había un canal. La roca de este lugar era diferente a las que habíamos visto en el Estrecho. Las montañas son altas, y evidentemente de pizarra arcillosa; pero el lugar, cercano a nuestro fondeadero, es una masa de piedra arenisca dura y con mucho cuarzo, muy parecida a la antigua formación de arenisca roja de Europa, y precisamente como la roca de isla Goulburn, en la costa norte de Nueva Holanda ( Australia de King, vol. I, p. 70 y vol. II pp. 573,582 y 613).

A la mañana siguiente (23), continuamos hacia el monte Hope, mientras navegábamos hacia allí algunos chubascos pasaron por sobre nosotros, nublando la costa sur, y cuando pasábamos por bahía Parry, parecía tanto la entrada de un canal, que nos detuvimos, pero pronto se despejaron las nubes y vimos el fondo, donde parecía haber dos brazos o entradas. En el brazo sureste, las costas estaban cubiertas con una gruesa capa de hielo (como el fondo de bahía Ainsworth, al oeste de bahía Parry, donde un inmenso glaciar desciende hasta el borde del agua). El brazo suroeste parecía ser bien protegido, y si tuviese una moderada profundidad de agua, sería una excelente bahía.

Después de habernos convencido de que no había canal aquí, volvimos a nuestro rumbo original, pero, pronto, nos encontramos a dos millas del fondo del seno; la cual es poco profunda, y parece recibir dos ríos. La gran cantidad de agua helada, que se mezcla aquí con el mar, cambia su color a un azul tan pálido, que pensamos que estábamos en agua dulce.

El monte Hope resultó ser una masa aislada de colinas, que siguen la dirección NO y SE como el resto, habiendo tierras bajas hacia el sur, sobre la cual no se veía nada, excepto un cerro, distante treinta o cuarenta millas, cubierto de nieve, al cual los rayos del sol le daban la apariencia de una lámina de oro.
Encontrándonos encerrados en la bahía, nos apresuramos a salir del lío, y, después de batallar por algunas horas, fondeamos en bahía Parry.

Nuestra entrada en una pequeña ensenada en bahía Parry inquietó a una cantidad de patos, patos a vapor, cormoranes, y ganzos. Su número indicaba que los indios no habían visitado últimamente el lugar.

Al día siguiente llegamos a bahía Ainsworth, la que es del mismo tipo que bahía Parry, y proporciona una seguridad perfecta a los veleros pequeños: a fuerza de bogar, llegamos a un fondeadero seguro en una ensenada en la esquina sureste.

El fondo del puerto esta formado, como ya he dicho, por un inmenso glaciar, desde donde, durante la noche, se desprenden grandes masas y caen al mar con fuerte estruendo (Durante la alta marea el agua del mar socava, por deshielo, grandes masas de hielo, las cuales cuando la marea baja, quieren apoyo, y , consecuentemente, se quiebran, llevando tras ellos enormes fragmentos del glaciar, y caen dentro de la quieta dársena con un ruido como de trueno), lo que explica los ruidos nocturnos que frecuentemente habíamos oido en puerto del Hambre, los cuales en esa ocasión pensamos que se debían a erupcion de volcanes. También fueron estos, probablemente, los ruidos nescuchados por los oficiales españoles durante su exploración del Estrecho, mientras estaban en el puerto de Santa Mónica, donde ellos se habían refugiado de una violenta tempestad de viento (“En los días 24 y 25, oimos un ruido sordo, y de corta duración, que, por el pronto, nos pareció trueno; pero habiendo reflexionado, nos inclinamos a creer que fue efecto de alguna explosión subterranea, formado en el seno de algunas de las montañas inmediatas, en que parece haber algunos minerales, y aun volcanes, que están del todo o casi apagados, moviéndonos a hacer este juicio, el haberse encontrado, en la cima de una de ellas, porción de materia compuesta de tierra y metal, que en su peso, color y demás caracters, tenía impreso el sello del fuego activo en que había tornado aquel estado, pues era una perfecta imagen de las escorias del hierro que se ven en nuestras ferrerías. Apéndice al viaje de Córdova al Magallanes, p.65.”).

A la mañana siguiente, el puerto estaba lleno de pedazos de hielo, acumulados dentro del seno, donde el agua de mar, estando a mayor temperatura que el aire, rápidamente los disolvía.

Desde nuestro zarpe de puero Cascada, el tiempo había sido templado, claro y estable, pero como faltaban solo tres días para el cambio de la luna, en cuyo período, así como en luna llena, siempre soplaba un temporal, deseaba llegar a un lugar seguro en el canal Gabriel o en el seno Magdalena.

Cerca de las islas de bahía Ainsworth, nos pasaron tres canoas, que cruzaban el seno, cada una con una piel de lobo fijada en la proa como vela; y reconocimos que ellos eran el mismo grupo que habíamos dejado en puerto Cooke, entre los que estaba el indio que habíamos detectado robando el tarro de hojalata. Ellos no vinieron a nuestro costado, pero al pasar cerca de ellos, señalaban hacia el norte, aparentemente insistiendonos en ir en esa dirección.

Habíamos visto varios wigwams en las bahías Parry y Ainsworth, lo que demuestra que son muy frecuentadas por los indígenas, quizás en su camino a abiertas tierras bajas al este del monte Hope, donde numerosas manadas de guanacos podrían ser encontradas.

Delfines y lobos no eran escazos en estas ensenadas, y en sus entradas habían muchas ballenas: la presencia de lobos y ballenas me hacían pensar que era probable que había un canal; pero creo que todas las personas que estaban conmigo estaban convencidos que era un seno, que terminaba en el monte Hope. Después de mi última experienca de la naturaleza engañosa de algunos pasos en la Tierra del Fuego (el canal Bárbara, por ejemplo), me he sentido menos seguro de que no exista una comunicación con las tierras bajas, detrás del monte Hope, rodeando su costado norte. La improbabilidad era, sin embargo, tan grande, - dado que el fondo del seno era un banco de arena, - dado que la corriente de marea era muy leve, - y dada la información de los nativos; que evidentemente deseaban decirnos que no podríamos salir al mar, - que no consideramos que valía la pena hacer otro examen.

Había observado antes que la estrata de las rocas pizarra, en el Estrecho, se inclinaban hacia el SE, y encontré que ellas se inclinan de manera similar todo el tiempo hasta llegar al fondo de este estuario, al que nombré seno Almirantazgo.

El lado norte, como el del canal Gabriel, es escarpado, sin entradas, excepto donde hay una ruptura en los cerros, pero en la costa sur hay numerosas calas, y ensenadas, lo cual se muestra en la imaginaria sección del canal Gabriel. La misma causa opera en el contorno de la costa norte que llega al cabo Froward, hacia el oeste hasta tan lejos como el cabo Holland, donde la roca adquiere una forma aún más primitiva. Su naturaleza general, sin embargo, es pizarra micácea, con grandes venas de cuarzo; lo último es particularmente visible en puerto Gallant.

- Esquema a lápiz del canal Gabriel -

El siguiente esquema ligero, pretende representar una sección imaginaria de este tipo de apertura como el canal Gabriel, también puede servir para dar una idea general de los muchos fondeaderos fueguinos; - de los profundos pasos de agua que existen entre las casi innumerables islas de la Tierra del Fuego; - y los efectos de esas repentinas, y violentas ráfagas de viento, - tan frecuentes y peligrosas, - comunmente llamados chubascos huracanados (Ningún velamen podría resistir alguna de estas ráfagas, que llevan espuma, hojas, y suciedad delante de ellas, en un densa nube, llegando desde el agua hasta las vergas bajas del buque, o aún a las perillas de los mástiles más bajos. Felizmente su duranción es tan breve, que el cable del velero, al ancla, es apenas estirado al máximo, antes que la furiosa ráfaga termine. Las personas que han estado algún tiempo en la Tierra del Fuego, pero que por fortuna no han experimentado la violencia extrema de tales ráfagas, pueden inclinarse a pensar que su fuerza es exagerada en esta descripcción, pero deben considerar, que su su furia máxima sólo se siente durante los inusualmente fuertes temporales, y en situaciones particulares; de modo que un barco podría pasar a través del estrecho de Magallanes muchas veces, sin encontrar una de tales ráfagas como las que ocasionalmente han sido testimoniadas allí.- R.F.) o williwaws.

La roca, por supuesto, se descompone por igual en ambos lados; pero en la expuesta al viento sur, se rompe en fragmentos paralelos a la dirección de los estratos, y por lo tanto no hacen el contorno de la playa más irregular, mientras que en el otro lado se descompone transversalmente a la dirección de la pendiente, dejando huecos, en los cuales se mete el agua, y acelera la descomposición al entrar profundamente en los intersticios. Agua, aire, y escarcha descomponen la roca, y forman un suelo, que, si no está muy expuesto al viento, es pronto ocupado por la vegetación.

Las caras escarpadas de los acantilados, en la costa sur, causadas por la descomposición de la roca a través de granos, recoge arena y barro, y entonces sucede que esos fondeaderos son frecuentemente encontrados en un lado, mientras que, en el otro, el ancla no agarrará, por lo empinado del suelo; ya que no hay nada sobre el suave declive que retenga el barro y la arena antes que llegue al fondo; lo cual, en la mayoría de los casos que conozco, se encuentran muy lejos de ser alcanzados por el ancla.

Después de un pesado y difícil paso a través del canal Gabriel, fondeamos en un puerto protegido en la entrada del canal Magdalena, en el lado oeste, bajo un cerro puntiagudo llamado por Sarmiento “el Vernal” - en nuestro plano “Pan de azúcar” - La entrada tiene alrededor de un cuarto de milla de ancho, pero después de unos pocos cientos de yardas se abre el puerto, extendiéndose por cerca de una milla. Tiene buen fondo; siete brazas en la entrada, y cuatro, cinco y seis brazas dentro, de modo que es muy conveniente para una nave pequeña: para nosotros, de verdad, fue un descubrimiento muy bienvenido. El terreno se eleva, en torno a esta caleta, a la altura de dos a tres mil pies. Está cubierto de hayas, corteza de Winter, y cerca del agua está adornado con grandes arboledas de quila, calafate, y los arbustos comunes de puerto del Hambre, que crecen tan densamente como para formar una selva casi impenetrable; pero no obstante el carácter pintoresco de sus paisajes, la altura imponente de los cerros, que tapan los rayos del sol durante todo el día, durante la mayor parte del año, lo hacen un lugar sombrío y melancólico. ( sub rupe cavatâ … verso en latín de la Eneida de Virgilio).

Encontramos una familia de fueguinos en el puerto interior. Tres canoas estaban varadas en la playa, pero sus dueños al principio no estuvieron visible. Por fin, después de nuestros repetidos llamados “ho say, ho say”, aparecieron, y, más bien a regañadientes, nos invitaron, por señas, a desembarcar. Parecía que eran catorce o quince personas, y sieto u ocho perros. El Sr. Wickham y el Sr. Tarn fueron a tierra donde estos nativos, que mostraron cierta timidez, hasta que una horrible mujer anciana comenzó a charlar, y pronto nos hicieron entender que los jóvenes (La-a-pas) estabn ausentes en una expedición de caza, pero que esperaban que regresaran en cualquier momento. Había sólo tres hombres con las mujeres y los niños. Para inspirarles confianza en nuestras buenas intenciones, el Sr. Wickham le dio a cada hombre una gorra roja, y algunas otras baratijas. Uno de ellos se quejó de que estaba enfermo, pero más bien creo que su enfermedad era fingida, y a los otros parecía que no les gustaba para nada nuestra visita. Poco a poco sus temores disminuyeron, y, una vez dejado de lado sus temores, un activo comercio comenzó; en el que varias pieles de nutria, collares de conchas, lanzas, y otras baratijas, se obtuvieron de ellos a cambio de cuentas, botones, medallas, etc. Las nutrias son cazadas con la ayuda de los perros, por lo cual, principalmente, estos últimos son tan valiosos.

Esta gente estaba vestida ligeramente con pieles de lobo y nutria, pero algunos tenían pedazos de mantas de guanaco sobre sus hombros, por lo cual supusimos que ellos o pertenecían a la misma tribu, o estaban en paz, con los indios del seno Almirantazgo, a no ser que, de hecho, comercien con los indios patagones; pera tal es la pobreza de los fueguinos, que apenas pueden poseer alguna cosa de valor suficiente para intercambiar por los bienes de sus vecinos del norte, a no ser que sea la pirita de hierro, que creo que no se encuentra en el territorio abierto de los indios patagones, y, que por lo fáil con que produce chispas de fuego, debe ser un artículo de importancia.

No fue poco interesante la sorpresa que estos nativos mostraron por las cosas que poseíamos, y el efecto producido en sus rostros cuando veían cualquier cosa extraordinaria: su expresión no era de alegría o sorpresa, sino una especie de vacío, estupefacción, mirándose fijamente el uno al otro. Deben haber tenido muchas sospechas de nuestras intenciones, o muy excitados por lo que habían visto durante el día, porque durante toda la noche escuchamos en la orilla las voces de su incesante charla, sólo interrumpida por los ladridos de sus perros.

Mirando hacia la continuación del Magdalena, vimos dos entradas, las cuales, mientras los cerros estuvieron envueltos en la bruma, tenían la apariencia de ser canales. Procedimos a internarnos cierta distancia en la más occidental de las dos, pero encontramos que era solamente un seno, que finalizaba en una tierra alta. La embarcación fue entonces dirigida hacia una empinada masa de tierra de montañas negras, (Monte Boquerón) la cumbre del cual se divide en tres picos, que Sarmiento llamó “El pan de azúcar de los boquerones”. Navegamos hacia el sur, quince millas en este seno, y llegamos a las islas Laberinto; pero al no encontrar un sitio donde fondear, reasumimos nuestro rumbo hacia el fondo de lo que críamos que era otro seno, que terminaba en las montañas. Al mediodía, el punto más alejado, en la costa oeste, que llamamos cabo Turn, estaba a unas tres millas de nosostros, y habríamos descubierto la continuación del canal (como desde entonces ha sido demostrado); pero se levantó una brisa del SO y en corto tiempo sopló tan fuerte que nos obligó a devolvernos. Williwaws y vientos arremolinados nos mantuvieron siete horas bajo el monte Boquerón. Estos chubascos al comienzo fueron alarmantes, pero arriando todas las velas, antes que pasaran, no sufrimos ninguna lesión. A la puesta del sol estábamos a la cuadra de puerto Hope, donde habíamos planeado refugiarnos del temporal. Nuestros últimos vecinos, los indios, habían encendido fuego en la entrada invitándonos a regresar; pero el viento y la marea estaban contra nosotros, y como sabíamos que no había puerto hacia sotavento, nuestro único recurso fue salir del seno. Furiosas ráfagas nos llevaron a la realidad, constante viento, que encontramos muy fuerte; y como puerto San Antonio estaba en nuestra amura de sotavento, izamos todo el velamen, por lo que nuestro excelente bote llevaba casi la mitad de su banda de sotavento bajo el agua. Al amanecer entramos en un mar tranquilo, y, con menos viento y mejor tiempo nos dirigimos a puerto del Hambre. La mar calma nos permitió encender fuego y cocinar una comida, asunto no sin importancia, ya que no habíamos comido nada desde las seis de la mañana anterior.

Durante nuestra ausencia el Sr. Graves había levantado bahía Lomas, y, después de su regreso, el Sr. Ainsworth había atravesado el Estrecho con el serení y el cúter para levantar puerto San Antonio. Llevaban provisiones para cinco días; el serení estaba tripulado por la tripulación de mi bote, y el cúter por voluntarios; pero aunque no habían regresado, no sentí preocupación por su seguridad, estando seguro que el Sr. Ainsworth no correría el riesgo de cruzar el Estrecho durante el mal tiempo. El estado tormentoso de los siguientes dos días, sin embargo, nos inquietó, y en la mañana del tercer día, cuando el viento había amainado mucho, mirábamos con preocupación por su regreso. En la tarde el cúter regresó, pero ¡ay! con la triste información de la pérdida del Sr. Ainsworth, y dos marineros, ahogados por el volcamiento del serení. Uno de estos últimos era mi excelente patrón, John Corkhill. Los restantes tripulantes del serení fueron solo liberados de ahogarse por el tenaz esfuerzo de los del cúter.

El Sr. Ainsworth, ansioso por regresar al buque, pensó muy poco en las dificultades y peligro de cruzar el Estrecho durante un tiempo inestable. Zarpó de puerto San Antonio a la vela, y , mientras estuvo al amparo de tierra, lo hizo muy bien; pero tan pronto como llegaron a mar abierto, ambos el viento y la mar aumentaron tanto que el serení estuvo en gran preligro, aunque solo navegada con poca vela.

La gente en el cúter estaba mirando con preocupación sus laboriosos movimientos, ¡cuando desapareció! Se apresuraron hacia el punto – salvando a tres hombres; pero los otros dos se habían hundido. Pobre Ainsworth estaba todavía aferrado de la borda del serení cuando sus compañeros se aproximaron raudos; pero se soltó por el cansancio extremo, y como estaba vestido con mucha ropa, se hundió de su vista para no levantarse más.

Había estado alentado a los tripulantes que se ahogaban, y tratando de salvar a sus compañeros, hasta en que sus manos se relajaronJusto antes que Ainsworth se hundiera, el Sr. Hodgskin se soltó, exlamando “¡Ainsworth, sálvame!” cuando, agotado como estaba, con una mano rescató a su amigo, y , inmediatamente después, sus fuerzas fallaron y se hundió.

Esta adición de tres personas al ya cargado cúter, hizo su carga más delicada, por lo tanto el Sr: Williams, que estaba al mando, muy prudentemente se dirigió al primer lugar conveniente de desembarco y felizmente consiguió llegar a la única parte de la playa, entre bahía Lomas y cabo Valentín, donde un bote podía varar.

A la mañana siguiente, siendo el clima más favorable, cruzaron a vela hacia bahía Aguafresca, y luego remaron hasta puerto del Hambre.

Este triste desastre fue muy sentido por todos. Ainsworth era un oficial meritorio, y muy estimado. Corkhill era el jefe del castillo y había servido en los viajes polares de Sir Edward Parry. El domingo siguiente, la bandera fue izada a media asta y el servicio del funeral se leyó después de las oraciones de la mañana, pues aunque recuperar sus cuerpos era imposible, su tumba en el fondo del mar estaba delante nuestros ojos; y la ejecución de este último y triste deber fue una satisfacción melancólica.

“Nuestras son las lágrimas, aunque pocas, sinceramente derramadas,
cuando el océano amortaja y sepulta nuestra muerte”

Una lápida se erigió posteriormente, en punta Santa Ana, como testimonio de este fatal accidente.